Rayo, selección

Rayo, selección

Esta semana no hay jornada liguera, pero sí hay fútbol de selecciones. No es lo mismo, pero ¿emociona igual? ¿Tiene más importancia para el aficionado lo uno o lo otro?

Me vais a perdonar, pero quizás el fútbol de selecciones sea lo que menos me interese de este deporte. Principalmente porque no lo siento “mío”. Veo los partidos, me gusta que gane España, claro, pero no me va la vida en ello. No es algo nuevo: me ocurre desde siempre. Que haya partido de la selección española, por norma general, supone que el Rayo no juegue ese fin de semana (en ocasiones, incluso, durante quince días). Lo he intentado, lo prometo, pero no consigo emocionarme. Y no lo digo como un menosprecio, ni mucho menos, pero no me llena igual que mi equipo. Aunque he disfrutado mucho sus triunfos –siempre recuerdo el gol de Alfonso a Yugoslavia como una cumbre épica generacional– y me han dolido mucho sus derrotas, jamás he llegado a sentir eso que algunos dicen de que España es “el equipo de todos”.

Solo recuerdo haber estado verdaderamente emocionado a la hora de ver partidos de la selección, más allá de fases finales, en un par de ocasiones o tres. En la primera tenía 12 años y el motivo era evidente: debutaba Luis Cembranos. Quizás haya sido la vez que más ligado he estado a “la Roja”. Uno de mis jugadores, a los que veía cada dos jornadas en Vallekas, se enfundaba la casaca nacional para representar al Rayo dentro de ese combinado. Las otras dos ocasiones, más recientes, involucran a dos tipos a los que un solo año les bastó para ganarse todo mi respeto y cariño: Michu y Diego Costa. Aquellas noches sí me pegué bien a la pantalla mientras esperaba un gol que cantar.

En una ocasión, un compañero francés y yo debatíamos sobre qué era más importante para nosotros: si el club o la selección. Él no tenía dudas: les bleus era su primer equipo, muy por encima de su Toulouse. Mi opinión era igual de firme, pero opuesta: a mí dame partidos del Rayo y olvídate de la selección. Precisamente hoy, en una tertulia en Radio Marca, la periodista Mónica Marchante aseguraba que, en cierta manera, le daba envidia cómo los italianos vivían los partidos de la nazionale. Pero es que, sinceramente, creo que España es país de fútbol de equipos. La selección, al menos para mí, es el caballo regalado.


Radamel Falcao, máximo goleador histórico y capitán de Colombia, se juega la clasificación para el Mundial Qatar 2022.

Es tanta la diferencia de apego entre mi equipo y la selección que, en ocasiones, me he sentido más emocionado por ver un encuentro de una selección en la que hubiese un jugador rayista que por uno de España. Me ocurrió, por ejemplo, en la pasada Eurocopa, cuando un buen día, en horario de siesta veraniega, me vi mirando el reloj deseoso de que el árbitro silbase el inicio del primer partido de Macedonia del Norte porque allí estaría Stole Dimitrievski. Y recuerdo, durante los aproximadamente 270 minutos que disputó, estar pendiente y sentir una especie de orgullo íntimo con cada una de sus intervenciones. De una manera similar, aunque el apego siempre fue bastante menor, cada mañana en que se habían disputado eliminatorias para clasificar por la Conmebol miraba el resultado de Perú para ver qué había hecho Advíncula. Como os decía, no es algo nuevo: aún recuerdo la impresión infantil de mi yo de seis años al ver a Wilfred con Nigeria en el Mundial de Estados Unidos en 1994. Aunque no jugase ni un minuto, pero ver a mi guardameta, ese mismo que hacía grandes estiradas en mi casa, entre los mejores era otro rollo.

Si hay un jugador del Rayo, es mi partido. Esa sensación de estima y significación es la misma que me llevará durante estos días a estar pendiente de los duelos que librará la Colombia de nuestro Radamel Falcao contra Uruguay, Brasil y Ecuador o de los de la Macedonia de Dimi contra Liechtenstein y la poderosa Alemania. O la extraña fijación que me ha empujado a comprobar la convocatoria de Albania esperando encontrarme, de repente, el nombre de Iván Balliu. O a “soñar” con que, tras el buen inicio del Rayo, que ocupa la sexta posición tras su regreso a Primera, y debido a las muchas ausencias en la absoluta, Luis Enrique pudiese llamar a jugadores como Álvaro García o Isi Palazón, qué sé yo, por probar y hacer gala de esa meritocracia de la que se enorgullece sin apenas predicarla. Y por tener, además, algún motivo real de peso para estar pendiente de estos partidos de la Roja. Por sentirme representado de alguna manera por eso que algunos llaman “el equipo de todos”.

Sí, definitivamente, no importan las banderas: mi equipo es y siempre será aquel en el que jueguen los rayistas. Ya lo dijeron los sabios: “Vallekas, nación. Rayo, selección”.

La mítica pancarta de Los Petas: Vallekas, nación. Rayo, selección. © Bukaneros

Foto de cabecera: © Bukaneros