La galería de los espejos

La galería de los espejos

El Rayo consiguió doblegar al FC Barcelona (1-0) en un partido para el recuerdo. Falcao anotó el gol de la victoria, que sitúa a los de Iraola en el quinto peldaño de la clasificación y mantiene Vallecas como territorio inexpugnable.

Imaginemos una feria de las antiguas. O de esas que aparecen en las series de los ochenta. O en los remembers flojos actuales como Stranger Things. Una de esas ferias tan de celuloide en la que una noria, imponente, lo gobierna todo. En ese parque de la felicidad coexistirían, también, el clásico circo de variedades, un tiovivo y una sala de espejos, ese curioso establecimiento en el que unos entran y parecen ser abrazados por un laberinto espacial de enredos mentales e identitarios. En la puerta de esa atracción hay dos adolescentes, uno entra con el pecho henchido de valentía. El otro, con piernas temblorosas y cara de angustia. La banda sonora, muy leve, por debajo de la escena, indica que algo malo está por llegar.

Vallecas fue una feria. Y el Rayo ese chico que, gracias a la autoconfianza que le proporciona su pasado más reciente, entró a la sala de espejos cargado de valentía (coraje y nobleza). El Barça de Koeman lo acompañaba, detrás, tímido, callado, sin voluntad de supervivencia. Y así, aturdido por el desconcierto y la incertidumbre, se mostró durante la mayor parte del tiempo reglamentario. Andoni Iraola presentó para el partido contra el trasatlántico su once de gala. Falcao regresaba al once después de dos encuentros, mientras que la sala de máquinas aparecía regida por la mano firme y el pie duro de Óscar Valentín, Santi Comesaña y el capitán Óscar Trejo. También en la banda derecha todo volvía a la normalidad: Balliu retornaba al carril con otro fantástico partido e Isi Palazón se erigía como un puntal en la zona de ataque. Por su parte, Ronald Koeman presentaba los mejores efectivos de los que disponía tras confirmar la baja de Ansu Fati, que se unía en la grada a Frenkie De Jong, Araujo, Pedri o Braithwaite. Kun Agüero y Depay se antojaban como el mayor de los peligros barcelonistas para su asalto al tren de cabeza.

Iraola tenía un plan. Siempre lo tiene. Y si Andoni tiene una estrategia, a la espalda se le une un ejército de diez mil gargantas. Rugía la grada de Vallecas, quizás previendo que, aquella, podía ser una de esas noches grandes. Diecinueve años sin ganar al FC Barcelona son muchos años. Comenzó el duelo con la presión alta del Rayo en la salida del balón del conjunto culé. De esa intensidad surgió la primera oportunidad: un robo de Trejo en el centro del campo, desde donde finalizó buscando el gol del siglo, aunque su parábola se quedó algo corta de fuerza y murió mansa en la mano derecha de Marc André Ter Stegen. El conjunto local buscaba imprimir ritmo al partido y obligar a su rival a jugarse balones comprometidos desde la retaguardia. ¡Y vaya si los jugaba su guardameta, cuyos nervios de acero revelaban un dominio del balón que probablemente superase el de varios de sus compañeros!

Cuando la escuadra visitante conseguía doblegar la línea alta de presión, los franjirrojos se replegaban en bloque medio-bajo y entretejían una telaraña de tres líneas horizontales muy juntas. El balón, cual mosquito, terminaba por quedar atrapado en la maraña defensiva diseñada por Iraola y comandaba por un Óscar Valentín excelso en tareas defensivas. Su despliegue es monstruoso, feroz, egregio. Cuando uno ve jugar al jefecito de Ajofrín puede pensar o que tiene el don de la ubicuidad y está en varios sitios a la vez, o que es como el superhéroe Flash y corre tan rápido que no le vemos ir de un lado a otro o que el Rayo hace trampas y juegan varios tipos con el número 23 a la espalda. Yo no dejaba de acordarme de aquella mítica serie de dibujos animados que Hanna-Barbera (sí, la productora de Scooby Doo) le dedicó a los Harlem Globetrotters y del superpoder de Hubert Ausbie, que podía desdoblarse en muchos y resolver los partidos contra los villanos.

Rompió la madeja un par de veces el conjunto catalán con cierto peligro. En la primera ocasión, Memphis Depay robó un balón de riesgo en la salida rayista, pero su disparo se marchó cerca del lateral de la red. En la otra, Sergiño Dest, en boca de gol, envió por encima del larguero un balón fantástico del propio Memphis. Justo antes, el Tigre había dado su zarpazo. En el prólogo, un delicioso taconazo de Trejo lo había dejado en posición franca de disparo y no se lo pensó: controló, se giró, cargó la pierna izquierda y su zurdazo fue enviado a córner con una soberbia estirada de Ter Stegen tras rozar en el pie de Piqué.

Era el aviso de que algo estaba por llegar. El partido se aproximaba a la media hora de juego cuando Eric García, timorato durante todo el partido y con el pase a su arquero como único recurso, jugó el esférico con Busquets en la zona medular en una jugada sin aparente peligro. Pero en una sala de espejos, nunca sabes qué es real y qué es un mero reflejo. Y en ese debate psíquico andaba el pulpo de Badía cuando apareció de la nada el Chocota para arrebatarle un balón crucial y poner a correr a Falcao en profundidad hacia la frontal del área. Consciente de su fragilidad en velocidad, y sabedor de todos sus recursos, Radamel frenó ante la carrera de Gerard Piqué. El delantero pulsó el botón de su reloj y detuvo el tiempo para dejar pasar al defensor y perfilarse para disparar de zurda. La asistencia de Trejo, un diamante en bruto. El recorte de Falcao, el trabajo necesario para abrillantarlo y presentar una joya. El disparo, directo a la cepa interior del poste, el café de después. Toneladas del mejor café supone para el Rayo Vallecano la incorporación de un ariete de la talla de Radamel Falcao, que formaba una piña para celebrar su diana. La asistencia de Trejo, la sexta en esta Liga, que lo sitúa como segundo máximo pasador solo detrás de Karim Benzemá, fue la culminación a otro partido inabarcable del de Santiago del Estero. En su fútbol se perciben olores, músicas y memorias llenas de fútbol canchero. La yerba mate, la voz rota de Calamaro y toda una vida dedicada al balompié. Tanto es así que uno lo ve jugar y la retentiva le devuelve imágenes de uno de los mejores futbolistas que ha conocido: el 8 de Trejo en el Rayo podría ser el equivalente al 10 de Juan Román Riquelme en Boca. Bárbaro. Qué bueno que te quedaste, capitán.

Tras la reanudación, el Barcelona y el Rayo volvieron a citarse en la feria de Vallecas. Y parecía que los de Koeman continuaban con su idea de apretar más arriba en la salida vallecana de balón y acumular más posesión de la misma forma que en los últimos minutos del primer tiempo. Nico se revelaba como el mejor jugador azulgrana y sostenía un centro del campo que, más allá de su clarividencia, hacía aguas por varios flancos. Suyo fue el disparo más peligroso de los primeros minutos de la segunda mitad. Un pase en profundidad lo dejó en situación de tiro y no lo dudó, aunque el zurdazo salió desviado sin poner en apuros a Dimitrievski. La siguiente jugada sí llevó algo más de picante al pasto. Una buena jugada entre Dest y Agüero dejó al Kun con un balón idóneo para batir al guardameta internacional macedonio. Pero el argentino, lejos de su mejor forma y una sombra de lo que fue, como el propio club en el que milita, lo envió demasiado fuerte y alto. Cambió mínimamente la puesta en escena del Barcelona y el Rayo tuvo que ajustar su plan y empezar la resistencia. Coutinho marró una jugada clara con un disparo en semifallo y Saveljich se interpuso entre Agüero y Dimitrievski para desbaratar otra de las acometidas culers tras otro buen pase de Nico.

El canterano era lo más potable de un Barça que, ahora sí, empezaba a ponerle más voluntad y encerrar al Rayo en su terreno. Se vislumbraba la defensa de Stalingrado que, sin saberlo, anticipábamos en la previa. Los de Iraola se cerraban bien y apenas sufrían, pero en una de esas llegadas al borde del área, Memphis Depay se adentró en los dominios de Dimitrievski y esperó, esperó hasta la extenuación el contacto, hasta que Óscar Valentín apareció por allí y se le enredaron las piernas con los tobillos del internacional orange. El penalti, aunque involuntario, fue evidente y así lo señaló Mateu Lahoz. Sin embargo, en ocasiones, el relato está de cara para uno de los protagonistas y, ante la ejecución, Memphis pareció encontrarse de nuevo en mitad de esa citada sala de espejos. ¿Qué es la realidad y qué es la evocación? Su lanzamiento desde los once metros fue detenido por un felino Dimitrievski que certificó así el gran partido que estaba haciendo y que, en el rechace, recibió un feo golpe por parte del delantero azulgrana. En esa jugada, el Rayo ganó el partido, aunque todavía no lo sabía. Nadie iba a poder con ese relato que, diecinueve años después, le iba a llevar a doblegar a uno de los gigantes de LaLiga. Rugió Vallekas como hacía tiempo que no rugía con la parada del arquero internacional, que minutos después llevó el susto a la hinchada por partida doble: una posible lesión que lo tuvo en el suelo unos segundos y una salida en falso que Luuk De Jong no materializó con una vaselina que falleció en la azotea de la portería franjirroja.

Koeman introdujo a Gavi para buscar un control más penetrante y ganar definitivamente el centro del campo. Iraola contrarrestó con la entrada de Pathé Ciss y Unai López, músculo y calidad en la retención del balón para sustituir a los autores del gol Óscar Trejo y Radamel Falcao. Además, el técnico de Usúrbil, tras retirar al depredador del área, desató al búfalo Nteka. La entrada del futbolista francés, todo corporeidad, terminó de asesinar a la defensa azulgrana, que se las vio tiesas con cada una de las acometidas pundonorosas y sacudidas del 9 rayista. Si Piqué había salido perdedor en el duelo de treses con el colombiano Falcao, no iba a ser menos en su duelo con el 9, si bien es cierto que ni en uno ni en otro tuvo la colaboración de su compañero en la zaga. Eric García volvió a mostrarse horrible, en todas las facetas, durante los cien minutos.

El Rayo resistía y resistía con valentía, coraje y nobleza. Sangre, sudor y lágrimas le iba a costar mantenerse invicto en su feudo. “¡Ni un paso atrás!”, parecía gritar un Iraola que, en su primer partido liguero contra uno de los gigantes, obtuvo la victoria que el Rayo no conseguía desde hacía casi una década. El cronómetro aún permitiría poner en vilo la salud del corazón de la hinchada vallecana con dos jugadas en el descuento que pudieron poner el empate en el electrónico. La primera llegó desde el flanco derecho. Dest envió un centro tenso al área pequeña, donde Agüero se lanzó en plancha para cabecear a bocajarro al lateral de la red. En la siguiente, el propio Kun fue el asistente que dejó un balón delicioso en el área para que, a veinte segundos de cerrar el encuentro, la estrella en ciernes, Gavi, remachase la jugada contra el suelo y desviase demasiado la bola para tranquilidad de la sufrida parroquia vallecana que, sin haber sufrido en exceso, sufrió de lo lindo.

El rugido de la grada fue de alivio, de victoria, de banderas rojas ondeando en la azotea de algún edificio gubernamental. Nuestro Stalingrado había resistido con uñas y dientes. El mapa aún tenía nuestro signo. Los dos competidores salían de la sala de espejos con diferentes gestos. Los locales, sonrientes, invictos en su domicilio tras cinco partidos y con 19 puntos que los colocan en la quinta posición de la tabla, a solo uno del líder (en este caso, los cuatro líderes, que campan juntos en la comandancia clasificatoria). Los visitantes, con mueca de haberse perdido definitivamente. Un barco a la deriva. Un personaje difuminado que ya no conoce lo que es real y lo que es ficticio. Con cara de susto y lágrimas de miedo en el rostro. Con la despedida de su líder a la vuelta de la esquina (Ronald Koeman fue destituido horas después de confirmarse la derrota en Vallekas). Vallekas es mucho Vallekas hasta para un gigante más herido que nunca. Partido histórico para recordar en un inicio de temporada que está siendo de ensueño para los de Andoni Iraola, que se vuelven a asomar a los puestos de Champions League con la firmeza de quien llevase haciéndolo toda la vida. El relato es vallecano. Las cintas de la feria, esta vez, son franjirrojas.