Alicia

Alicia

Tras quince temporadas bajo los palos de Vallecas, Alicia Gómez deja el fútbol. Tres Ligas, una Copa de la Reina y varias participaciones en la Champions League para poner a Vallecas y el Rayo Femenino sobre el mapa. Una pionera, un símbolo.

Nunca imaginamos ganar una Liga. Y ellas lo hicieron; tres veces consecutivas. Jamás imaginamos levantar la Copa. Y con ese título, ellas comenzaron una dinastía inigualable. En la vida nos hubiésemos podido creer que las notas del Zadok, the Priest de Handel sonarían antes de un partido en el Estadio de Vallekas. Pero allí estaban ellas, una tarde de noviembre, para derrotar al todopoderoso Arsenal en los octavos de final de la máxima competición continental. Las pioneras, las que abrieron el camino. Las que llevaron 8000 personas a la grada para ver fútbol femenino antes de que los Atléticos y Barcelonas copasen la primera plana con sus mediáticos laureles.

Todas esas hazañas franjirrojas tienen un denominador común. Un nombre que, desde el silencio, soportaba con trabajo, sacrificio e ilusión el peso de toda la Historia sobre su espalda. La número 1. Alicia, la capitana que, junto con su compañera Natalia, podría erigirse como escudo que sustituyese al de la entidad en el caso del Rayo Femenino. Siempre estaba ahí, bajo el larguero, defendiendo la portería de su Rayo como si de los muros de Invernalia se tratase. Y de eso, precisamente, de inviernos, sabe mucho. Porque nadie sufre más la intemperie que aquellas que han disfrutado del sol. Y Alicia lo disfrutó, ¡claro que lo disfrutó! Mucho antes de que su rodilla se rebelase y el enemigo comenzase a ser su propio cuerpo en lugar de las caminantas rojiblancas y azulgranas.

Alicia. Un sinónimo de fidelidad, una one club woman, un símbolo. La bandera de un club que ha pasado de la gloria al abandono durante sus quince temporadas de servicio. Es imposible describir todo lo que representa ella para el escudo y la afición de la Albufera, para todo un barrio que la conoce, la venera y la sabe colocar en el lugar exacto que le corresponde. No tengo dudas: para mí, Alicia Gómez está al mismo nivel que nombres tan relevantes como Natalia Pablos, Míchel o Jesús Diego Cota. Nombres que, para el rayismo, no necesitan apellidos.

Nunca nos imaginamos que un día se marcharía. Y que su despedida sería como toda su carrera: emocionante, bella, sigilosa y fiel a unos colores. Porque si algo representa Alicia es eso: la fidelidad, el amor a un barrio a través de su emblema futbolístico. No es casualidad que ella haya sido la única que siempre ha permanecido en el barco, en la cubierta, oteando la orilla cuando la nave se acercaba a puerto y peleando contra viento y marea cuando el mar se ponía bravo y picado. En la salud y en la enfermedad, en las penas y las alegrías, en la derrota y en las victorias. En 2011 era imposible imaginar que iba a permanecer, con sus guantes, su coleta y su número 1 a la espalda, defendiendo para siempre los intereses del Rayo Vallecano. Porque los cantos de sirena suenan y hay que tener mucho carácter y una personalidad inabarcable para atarse al mástil y dejarlos sonar hasta agotarse. Pero ella tiene todo eso y más. La Ulises de Vallekas, la que viajó con las suyas por toda Europa para dejar constancia de que, aquí, entre amplias avenidas, existe un barrio obrero que tiende su ropa de ventana a ventana y que siente su pertenencia como seña de identidad.

Siempre imaginé que iba a jugar eternamente, que siempre que una compañera mirase hacia atrás, ella iba a estar ahí, soportando el peso del pasado para transitar hacia el futuro. Y, en cierto modo, así es. Porque ella, Alicia Gómez Prada, siempre va a permanecer entre esos nueve metros; en cada parada que se haga en su portería, en cada penalti que se detenga o en cada pie milagroso que una guardameta saque para salvar a su equipo de una derrota en el último minuto. Siempre estará ahí, porque ya estuvo mucho antes. Ahora toca apartarse a un lado y ser testigo desde una distancia más prudencial, recuperar esa rodilla de una vez y ser consciente de lo que has hecho. No tengas dudas, eres Historia de tu Rayo, uno de los tres o cuatro nombres más importantes en su relato. La gloria y la pertenencia, el pasado y el futuro, la fidelidad incuestionable. La capitana de la aldea irreductible. Ve con tranquilidad, aquí ya has dejado tu huella y nadie va a poder eliminarla. Un guante salvador en el que reflejarse cuando las cosas no vayan tan bien. Cuando el triunfo se resista y necesitemos volver al país de tus maravillas. Porque –y es importante no olvidarse nunca de ello– si me dan a elegir entre tú y la gloria, me quedo contigo. Una y mil novecientas veinticuatro veces.