Gente que no es del Rayo

Gente que no es del Rayo

Lanzamientos de mecheros, insultos racistas, lecciones de rayismo… En las gradas de Vallecas también hay elementos sobrantes, y Jesús Villaverde nos explica cuáles son.

“Aquí hay mucha gente que no es del Rayo”, sentenciaba muy seguro un socio en la fila de atrás. Cuando lo decía, cargado de razón, se refería a la decisión de no animar de Bukaneros durante los primeros 24 minutos del partido disputado contra el Deportivo. Aquello a lo que los representantes del grupo hacían alusión con ese contrato que parecen tener los seguidores del fondo sólo por ubicarse allí. Lo cierto es que el tipo en cuestión es poco fiable en cuanto a evaluar a través de sus gruñidos el sentir general de Vallekas; a menudo también espeta algún “hijo de puta” referido a jugadores del Rayo como Cobeño, Trashorras o vaya usted a saber quién. Pero, sí, luego se permite, agárrense, dar lecciones de rayismo. No es el objetivo de esta columna señalar a nadie en concreto, pese a que el ejemplo de este señor nos valga y encaje al dedillo en las líneas que dispongo, sino una especie de queja-grito colectivo.

No es este hombre –o los dos, porque son dos, en realidad– ningún ejemplo ni modelo del aficionado rayista. Por suerte, tipos como estos se dejan ver, pero no abundan. Durante los noventa minutos que dura el partido, las veces que abre la boca podrían quedar representadas en uno de esos gráficos de tartas de la siguiente forma: 83 % destinado a insultar a los Bukaneros, por sistema, si no animan porque protestan, si animan porque no se quejan, si luchan por los derechos de alguien porque lo hacen, si no lo hacen, porque sólo alzan la voz cuando les interesa, y así; otro 12 %  estaría destinado a criticar al jugador de turno, no importa el nombre, el caso es focalizar sus iras con uno de los que en ese día cruzado esté portando en la franja; y por último, un 5 % siempre queda reservado para críticas generales, entiéndase a jugadores rivales, decisiones arbitrales o incluso horarios, actuaciones de otros partidos y todo este tipo de historias. Un tipo peculiar. Una persona con la que si no te ves tentado de incumplir la famosa Ley del Deporte se te puede considerar un santo.

¿Y por qué está versando este artículo sobre un hombre en la grada de Vallekas? Supongo que más de uno se lo está preguntando. Pues sí, como estaréis esperando muchos, todo tiene un motivo en esta vida. O casi todo. Y esta semana esa razón es doble. Primero para que estas letras lanzadas al aire permitan volver a arremeter contra esa extraña necesidad irrefrenable de dar lecciones de rayismo que muchos poseen. Si no canto, o si canto, muy señor mío, será porque me apetezca o no me salga de la bufanda hacerlo (si es que puedo portar una bufanda, que al paso que vamos, será considerada arma peligrosa en Vallekas en escasas jornadas). No por cantar muy alto o por no hacerlo una persona siente más o menos del Rayo. Parece mentira que a estas alturas tenga que estar escribiendo esto. A ver si nos entra ya en la cabeza, porque tampoco creo que sea algo tan complejo y arduo para cualquier mente común; de verdad. Existen mecanismos de solidaridad, apoyo e incluso apetencia que también influyen en esa decisión (no olvidemos esta palabra y la sustituyamos por obligación) de expresar o no el aliento al equipo. Si la palabra, en cambio, sí fuera “obligatoriedad”, también sería necesaria la reciprocidad. Y que yo sepa, tampoco nadie asegura haberla sentido aún mientras todo el mundo nos torea. ¿O sí?

En nuestro estadio también hay descerebrados que siguen regalando los oídos de su alrededor con un lindo “puto negro” a un jugador, no siempre rival.

El segundo motivo por el que escojo a estos dos tiernos e irritantes personajes para ilustrar mi columna es porque, efectivamente, como más de uno ya habrá pensado, en Vallekas tampoco es oro todo lo que reluce. En nuestro estadio también hay mucho elemento sobrante. En nuestro campo de fútbol también hay quien se siente en posesión del poder o la autoridad de lanzar un mechero al linier de turno. Porque sí, porque le viene el impulso. Hay que ser profundamente idiota para hacerlo siempre, pero más ahora, con los ánimos como están. Pero no sólo hay descerebrados que lanzan un mechero, también los hay que siguen regalando los oídos de su alrededor con un lindo “puto negro” a un jugador (no siempre rival, aunque esto tenga poca o ninguna importancia para lo que nos atañe).

Efectivamente, como decía el tipo en la frase que da pie a este artículo, “en Vallekas hay mucha gente que no es del Rayo”. Es más, me atrevería a incluir a gente como él mismo, que no es poca, en ese saco. Siempre se ha dicho, y no tienen que doler prendas en hacerlo, que en Vallekas siempre han (hemos) estado aproximadamente los mismos (teniendo en cuenta un número similar de altas y bajas cada verano). Y generalmente esos son los que tienen (tenemos, perdón por personalizarme en exceso) que aguantar esas “lecciones del buen rayista”. Y cansa, la verdad es que cansa bastante. Y como no está el ambiente ya de por sí susceptible, pues vienen estos tipos pintorescos (válganme los ejemplos citados anteriormente) a frotar con fuerza la llaga.

No está bien generalizar, por supuesto; ni ahora ni nunca. No está bien hacerlo calificando a toda la prensa de mierda cuando un periodista al servicio del poder arremete contra toda una afición sin pruebas (sí, claro, hablo de Relaño y su artículo-propaganda-bobada de hace unas semanas), ni al contrario, cuando un tipo lanza de manera cobarde un mechero a la nuca de un linier. Claro que sobra gente en Vallekas, y claro que hay muchos de los que van al estadio cada semana que no son del Rayo, por supuesto. Pero quizás no sea eso lo más triste de todo, que lo es. Tal vez lo más lamentable es que ni siquiera los que dirigen el club lo sean. Y es a esos a los que hay que echar presto de Vallekas, a todos; a los del “puto negro de mierda”, a los que tachan de “hijo de puta” a un futbolista por fallar un pase, a los que ahora dan lecciones de rayismo pero cuando se bajó a Segunda B no estaban, a los que lanzan un mechero al juez de línea y a los que se aprovechan de la ilusión y las ganas de todo un barrio en pos de unos dudosos fines y beneficios.

Jesús Villaverde

 

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