Viborg, una de vikingos

Diré el pecado pero no el pecador. Y diré también que estas cosas pasan, que ni fue el primero ni será el último y que el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Diré todo eso para decir que sí, que, aunque parezca mentira, hay veces que un jugador va montado en un avión con el chándal puesto sin saber a dónde va ni contra quién juega. 
 
En su defensa hay que decir que la UEFA no se lo puso fácil a nuestro futbolista anónimo, porque  no es normal aterrizar en una ciudad para jugar en otra ciudad contra el equipo de una ciudad diferente a las dos anteriores. Ahora bien, si nos diera por fiscalizar su inopia podríamos alegar que todo lo anterior tiene un pase, pero que sólo dos semanas antes ya había jugado el partido de ida en Vallecas contra ese mismo equipo. Y eso ya tiene más delito. 
 
El caso es que así, flemático y despreocupado, se dirigía a Dinamarca uno los puntales de aquel Rayo, que en ese mes de noviembre viajaba por el mundo invicto en España y en Europa. Ni a él ni a nadie en aquel avión le hacía falta estar a treinta mil pies de altura para sentirse en la cima del fútbol. Ni el matagigantes ni ningún otro, aquel Rayo de Juande Ramos era el mejor de la historia y punto.
 
El rival en cuestión era el Viborg, que había aprovechado que los rusos aún no eran ricos para cargarse al CSKA de Moscú en la ronda anterior. La expedición tomó tierra con retraso en Aahrus, que unos años después alumbraría al tiki taka, y luego tuvo que desplazarse por carretera a Silkeborg, que es donde al día siguiente se jugaría el partido. Entre una cosa y otra el equipo se quedó sin comida y sin merienda. Y eso mosquea. Y además hacía frío, vaya si lo hacía. Y para colmo, los hinchas daneses estaban de uñas porque a un periodista español le bailó una letra al traducir el nombre de los ultras locales y convirtió en un artículo a los guys del Viborg en gays y claro, el lapsus no les hizo gracia. 
 
Así que el ambiente estaba raruno y además el resultado de la ida no era un billete en primera clase a los dieciseisavos precisamente. El Rayo sólo había ganado por la mínima, gracias a un testarazo en plancha de Quevedo, tras un balón que Bolic le ofrendó al segundo palo. Luego echaron a Poschner y Míchel falló un penalti y mandó al larguero una falta. Así que tocaba sudar en la vuelta.
 
Y el Rayo sudó, pero jugar, jugó poco. Los daneses plantearon un partido de pierna fuerte. Parecían un escuadrón de vikingos enfrascados en su última batalla, aunque curiosamente tuvo que ser un tal Fernández el que al ratito de empezar ya había enjaulado un balón en el portal de Keller. Del cielo tampoco llegaban buenas noticias. Llovía como si no hubiera un mañana y, cuando no lo hacía, los vallecanos se perdían emboscados por la niebla. 
 
La cosa no pintaba bien, la franja no daba señales de vida. Pero entonces apareció el ocho. Hay que ser un tipo tocado por la varita que al resto de mortales se nos niega para marcar el camino en un trance así.  Todo sucedió en la portería que quedaba a mi derecha,  la que no tenía grada. Puede que a Míchel le resultara familiar. Quizá en vez de la negrura de la noche nórdica, él vislumbrara los colores verde y naranja del Eurocolchón, como tantas otras veces en que tras los entrenamientos se quedaba pateando faltas hasta la hora del aperitivo.
  
«Catorce minutos para la prórroga. Libre directo a favor del Rayo en perpendicular al palo izquierdo», graznaba mi garganta, ya castigada por el frío y los minutos. «Cinco escandinavos en la barrera. Va Míchel I de Vallecas al rescate» proseguí, intuyendo otra rosca colosal parida por la bota izquierda del Niño. 
 
Pero no fue así. Es más, puede que aquel fuera el peor lanzamiento de su carrera. Nada más ejecutarlo, él, sus compañeros, los rivales y hasta los guys del otro fondo sabían que el cuero se perdería por la esquina, un metro más acá o allá del banderín del córner opuesto
Sin embargo sucedió algo paranormal. En su errática trayectoria, el balón se encontró con un elemento inesperado que envenenó su trayectoria hasta alojarlo en el ángulo derecho de la portería danesa. Las crónicas dijeron que rebotó en un defensa. Yo creo que le reventó la cara a Bolo, que andaba por allí incordiando al personal.
 
El tal Fernández aún complicó el pase con otro gol antes del final, pero ya no había tiempo para más. De entre la niebla volvieron a emerger un puñado de camisetas negras cruzadas por una franja roja que se entrelazaban celebrando una nueva hazaña. 
 
De vuelta, sobrevolando el valle del Ruhr, ni nuestro futbolista anónimo ni nadie sabía cuál sería el próximo destino.  Aquella madrugada sólo guardaba dos evidencias: el Rayo estaba en deiciseisavos de final y Dortmund, con su Westfalenstadion oculto bajo las nubes que envolvían el avión, aunque cerca, aún quedaba lejos.
 
Rodrigo De Pablo

Fotografía: MundoDeportivo.es