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La bufanda que llevó mi padre

La bufanda que llevó mi padre

Mi padre me trajo una bufanda de Leipzig. La bufanda del partido, con la fecha, la inscripción de la final y los nombres y escudos de los dos equipos. El Crystal Palace, con fondo azul, y nuestro Rayo sobre fondo rojo. Las varias veces que nos hicimos videollamada la llevaba puesta, igual que en todas las fotos que me envió. No pude ir a Leipzig por motivos laborales, pero me sentí perfectamente representado por él y por mi hermano. No pude estar allí, en cuerpo, pero ellos me hicieron sentir en alma.

Cuenta Álvaro de Grado en su maravilloso libro Away Days la historia del Stockport County, equipo que, aunque ahora milita en la League One (la tercera división inglesa), en el momento de la escritura del libro lo hacía en la National League North (la sexta división del país). En el relato, el periodista escribe sobre uno de los cánticos más representativos e identitarios de los hatters. La canción se llama The Scarf My Father Wore, que en su traducción sería algo así como La bufanda que llevó mi padre, y habla sobre como la afición del club pasa de padres a hijos, en este caso a través de la simbólica bufanda: “Siempre es bonito, los colores son blanco y azul, los llevo con orgullo en mi cuello […] Mi padre fue hincha del County, como antes lo fue mi abuelo, y en Edgeley Park me encanta llevar la bufanda que llevó mi padre”.

Siempre que escucho este cántico o que me encuentro con algún vídeo sobre el Stockport County o la visita de algún groundhopper a Edgeley Park, me acuerdo de este cántico. Y la memoria siempre, automáticamente, me lleva a otra bufanda. Una bufanda de lana gorda, blanca, con detalles rojos en los extremos, que mi padre guarda en algún cajón. Esa bufanda se la tejió mi abuela y creo que nunca se la pone porque le da pena mancharla, que se rompa o se pierda. Porque la memoria y el recuerdo de una madre… eso no hay nada que lo empate. Nunca he visto a mi padre con esa bufanda en el estadio. Jamás. Pero en mi mente lo imagino con ella en algún partido por evitar el descenso o alcanzar la máxima categoría allá por los años 80. En aquellos años en los que, probablemente, no se imaginaría alcanzar el número 39 que luce hoy en su carné de socio. Yo tampoco he llevado nunca esa bufanda, evidentemente, aunque confieso que, cada vez que la veo me la pruebo, la acaricio y disfruto aquellas puntadas que, hace décadas, tejería a ganchillo mi abuela Pepa, antes de que yo naciese. Y me imagino con ella en el outfit para un día de partido importante.

Y no, no conseguimos traernos la copa de Leipzig, pero cosechamos un triunfo incontestable que va mucho más allá de lo futbolístico. La identidad, el orgullo y la pertenencia. No cambiaría ninguno de los títulos que existen en el mundo del fútbol por una sola de las sonrisas que le vi a mi padre en cada fotografía de esos días. Ni por ese carrusel de fotos que me ha enseñado, en el que siempre aparece enfundado en su camiseta franjirroja. No los cambiaría, tampoco, por ninguna de esas historias que me lleva contando desde su aterrizaje. Su relato de un corteo emocionante o la impresión que le causó ver la grada llena de franjirrojos como un muro vallecano. Las sensaciones que tuvo durante el partido, el sentimiento de gritar y dejarse la voz porque veía que los jugadores no lo conseguían y necesitaban su aliento, las anécdotas de la fanzone o de sus visitas a Leipzig y Berlín… No entregaría a cambio de nada el orgullo ni la pertenencia que siento por este equipo y esta pasión que nos ha inculcado él a mí y a mi hermano. Y por supuesto, no cambiaría todas las Conference, Europa League y Champions por uno de los regalos más significativos que me han hecho nunca: el recuerdo vivido a través de los ojos que me vieron crecer en el rayismo, la memoria de algo no vivido a través de su mirada y su emoción, el orgullo de la pertenencia en la bufanda que llevó mi padre.