El miércoles disputa el Rayo Vallecano el partido que siempre soñamos jugar
El próximo 27 de mayo el Rayo Vallecano acudirá a su cita con la historia, rompiendo unos límites que hasta hoy parecían inalcanzables.
Hace apenas unos días leí a Enrique Ballester reflexionar sobre la pasión futbolera como un elemento inexorablemente ligado al crecimiento. Un virus que se inocula en nuestro organismo a través de agentes externos y sin vacuna posible. Un germen que alcanza la cumbre febril durante la niñez, que se reproduce en la adolescencia y que, con la madurez, se enfrenta a un sistema inmunizado, capaz de camuflar sus síntomas. O al menos eso dice la teoría.
A medida que nuestra mochila se llena de responsabilidades, se hace cada vez más evidente aquello de que el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Aunque ahora parezca evidente, es difícil alcanzar esta conclusión cuando tu máxima preocupación es cómo parar la racha de victorias de la clase rival o a quién le vas a dedicar tu primer gol de la liga infantil. Es una lección simple, pero que no se aprende hasta que el tobillo se llena de barro.
En un lugar como Vallekas, raro es el caso de quien no se haya visto forzado a asumir esa realidad. El abanico de preocupaciones de sus vecinos, como los de cualquier otra barriada de clase trabajadora, ofrece una amplia variedad, pero en esta existe algo especial que lo hace todo diferente: el Rayo Vallecano.
El fútbol nunca fue lo primero, por el simple motivo de que nunca pudo serlo. No lo fue para los vallecanos que malvivían en la década de los 20. Tampoco para los que dejaron su hogar años después. Ni para los presos políticos que llenaron un estadio reconvertido en campo de concentración. Ni para los emigrantes que llegaron a Palomeras en busca de un futuro mejor. Ni para los que no tenían agua corriente. Ni luz. Ni váter.

No podía ser una prioridad para quienes debían levantar un techo antes de que saliera el sol. Tampoco para las primeras víctimas de la burbuja inmobiliaria. Ni para los que corrían delante de los grises. Ni para Carmen. Ni para la familia Navarro. Ni para Lola… A todos ellos la vida les recordó que hay cosas más importantes, pero también encontraron en la Franja la almohada en la que llorar sus noches.
La infancia es lo único capaz de alterar estas prioridades. Sólo desde sus ojos podemos comprender cómo un niño podía calzarse los tacos al salir el sol, tras haberlo despedido desde la rotisería familiar por ayudar a los suyos hasta altas horas de la madrugada. Un niño que años después, a miles de kilómetros de su Argentina natal, iba a convertirse en la voz de un pueblo como el suyo, una clase como la suya y una grada de gente como él. Un niño de Santiago del Estero cuyo “8” decorará por siempre los muros y el corazón de Vallekas, su barrio.

En algún momento de nuestras vidas, todos los rayistas aprendemos entre lágrimas que el fútbol no es lo más importante, pero también acudimos a él para secarlas. Es por todos esos momentos, por todas esas historias, por lo que este partido va más allá de noventa minutos. Va por los que huyeron. Por los que cayeron. Por los que lucharon. Por los que ya lloraron bastante…
Por todos los que siempre supimos que el nuestro ya era un equipo grande. Por todos los que tuvimos que explicar a quién representaba esta camiseta. Por todos esos momentos en que sentíamos que nos hundíamos y tú nos enseñaste a respirar bajo el agua… Por todos los que se marcharon sin ver a su Rayo campeón:















