El Rayo cayó derrotado ante el AEK Athens (3-1) en el Agia Sofia, pero certifica su pase a las semifinales de la Conference League. Los de Íñigo Pérez se sobrepusieron a un mal inicio e hicieron valer la amplia ventaja cosechada en el partido de ida en Vallecas.
Texto por Jesús Villaverde Sánchez / Infografías por Marius Fedasz
En una de las conversaciones que mantienen Conchis y Nicholas en la magnífica novela El mago, de John Fowles, el eremita griego sentencia: “Grecia es como un espejo. Te hace sufrir. Pero luego aprendes”. Y vaya si te hace sufrir. El Rayo llegaba a la capital helena con la renta y el miedo del que ha hecho bien su trabajo y teme que se lo tiren por tierra. Como el ángel que llega, desorientado, al infierno. Las bengalas, el humo, los cánticos, los tifos… El escenario era antológico, la puesta en escena, impresionante. Y, sin embargo, los de Vallecas pudieron ampliar su ventaja y sentenciar a todos los demonios a las primeras de cambio. Ratiu se encontró con un balón muerto en el área pequeña y lo envió desviado con un toque suave. La franja roja se desquitaba los miedos a golpe de ocasiones: Álvaro García lanzó, flojo, a las manos de Strakosha y, seguidamente, una contra entre Isi y Álvaro García, de nuevo, terminaba con un disparo demasiado cruzado del 18 rayista.
Pero, enseguida, el espejismo se tornó en algo pesadillesco. Un testarazo de Varga, solo ante Batalla, precedió al primer zarandeo de los griegos. Zini se encontró con un balón franco en el área y, a un par de metros de la portería, fusiló por la escuadra a Batalla. Hay milagros a los que ni San Augusto alcanza. Solo habían pasado trece minutos y ya daba la sensación de que el partido se iba a hacer muy largo. Con un Ilias pasado de revoluciones y entrando en todas las provocaciones del conjunto local, el AEK manejaba a su antojo el balón, los espacios, los ritmos y lo que es más importante en este tipo de partidos: las emociones. Todo parecía volcarse hacia el arco vallecano: un remate de Moukoudi, un disparo de Koita, otro cabezazo de Varga y, lo peor de todo: la lesión de Álvaro García, cuyo hueco insustituible trató de ocupar el ‘Pacha’ Espino.
El partido estaba en el punto clave en el que el AEK Athens lo quería. Dominaban los griegos y volcaban su fútbol hacia el área visitante. El Rayo se limitaba a despejar balones y recomponerse. Achicar agua y tratar de no hundirse. Pero, generalmente, la insistencia tiene premio. Y así fue. Koita puso a bailar a Ratiu en la frontal del área y, tras varios recortes y pisadas, el lateral rumano picó y lo derribó de forma clara. Penalti y nueva pesadilla para el sueño vallecano. Razvan Marin, la pieza que le faltó al conjunto ateniense en Vallecas, que estaba siendo el mejor en el centro del campo local, no falló, aunque esta vez San Augusto estuvo a puntito de obrar un nuevo portento franjirrojo. La primera mitad terminó, y menos mal, con un disparo lejano de Orbelín Pineda que detuvo Batalla. El Rayo no había aparecido por el césped de Atenas, donde solo había comparecido la escuadra helénico, al que se presuponía ese carácter y ese arrojo, pero no esa absoluta superioridad.
Todo indicaba que el descanso iba a convertir el vestuario rayista en una masterclass de Psicología e inteligencia emocional a cargo de Íñigo Pérez. Y no sabemos si lo fue o no, pero lo cierto es que tras la reanudación lo que llegó fue un nuevo revés. Dereck Kutesa puso en el centro del área un centro suave, fútbol caramelizado, ante el que Zini se elevó para rematar lejos del alcance de Batalla. Vallecas comenzaba a despertarse. Tocaba apretar los dientes, cerrar los puños y sacar el orgullo de todo un barrio. Sin embargo, daba la impresión de que el Rayo estaba fuera de la eliminatoria y del partido. De paseo por Atenas. Todo volvió a oscurecerse con una nueva lesión, la de Luiz Felipe, que se resintió por enésima vez de sus problemas físicos. En ese momento, Íñigo Pérez terminó de corregir su mal plan de partido, corrección que había empezado a dibujar con el cambio de Alemão por Ilias en el descanso, e introdujo los primeros cambios por decisión técnica. La lesión de Luiz Felipe obligó al técnico navarro a modificar sus piezas y, en esa tesitura, para controlar algo más la medular, introduce a Pedro Díaz. Además, para sostener mejor la línea vertebral, el técnico retiró al vasquito Unai López para darle su espacio a Óscar Valentín. Y el jefecito de Ajofrín se hizo dueño y señor del centro del campo. Y tras esas modificaciones, el Rayo hilvanó, por primera vez, en casi una hora de partido, cuatro pases seguidos. Y eso es todo lo que necesita este Rayo para hacer daño al rival. Cuatro pases. Cuatro únicos pases para reventar un partido, una eliminatoria y para seguir haciendo soñar a todo un barrio y al sentimiento franjirrojo. Ratiu filtró un magnífico balón para romper dos líneas y dejar a Pedro Díaz en carrera a campo abierto. El Guaje condujo y condujo y aguantó hasta el momento clave para transpirar un pase medido al desmarque de Isi, que entraba por el centro con el aura del que sabe que va a hacer algo grande. El pase fue exquisito, el control a un toque para regatear la embestida del central fue una delicia y el remate, técnico, estético, plástico y con el alma, a la escuadra, la octava maravilla franjirroja. Los héroes aparecen cuando el mundo los necesita. Y el Krillin de Cieza alcanzó su modo supersaiyajin para matar de un solo golpe a Freezer, Cellulla, los Androides, Buu-Buu y vengarse hasta del mismísimo Tambourine. Gol del Rayo, gol de Isi, gol de Vallecas. Gol de equipo grande.
Había que controlar las emociones, jugar con la presión griega y con el varapalo del gol rayista que volvía a desbaratar su arrojo. Pero los diez minutos que siguieron al gol de Isi fueron un nuevo asedio de los helenos. Pudo volver a empatar la eliminatoria Zini, tras un fallo estrepitoso de ‘Pacha’ Espino al perder un balón fácil y, posteriormente, en otro cabezazo que tuvo que sacar Óscar Valentín con Batalla ya batido. Tocaba tener personalidad, aguantar el chaparrón y sufrir para tocar la gloria. El AEK Athens atacaba ya más con el corazón que con las piernas. Con el ímpetu del pecho y no con el fútbol que se dibuja en la mente. Y esta vez, el corazón no iba a ser suficiente en el caso del conjunto ateniense. Lejeune sacó un zapatazo en una falta directa y obligó a Strakosha a una buena intervención. El Rayo, con Alemão como pilar y estandarte en campo contrario, bajando balones, peleando cada jugada y ganando todos los duelos que el Rayo había estado perdiendo durante todo el encuentro. La cara de los vallecanos era otra. El miedo seguía estando ahí, pero ahora parecía que teníamos armas para combatir el pánico. De hecho, cuando el partido ya daba sus últimos coletazos y el Rayo acariciaba con los dedos las semifinales, Jorge De Frutos truncó un mal saque de puerta de Strakosha y envió contra el palo el remate que significaba la tranquilidad definitiva para toda la parroquia de Vallecas.
Pero, aunque no en esa jugada, la tranquilidad, el suspiro y la mirada al cielo con lágrimas en los ojos llegó con el pitido final y la consumación de la derrota menos amarga en la historia franjirroja. Los hijos de Prudencia lo han conseguido. La escuadra franjirroja aterrizó en Atenas y, como decía Conchis en el fragmento de El mago de John Fowles, Grecia le sirvió de espejo, le hizo sufrir y le forzó a aprender que sí, que el sufrimiento, a veces, aunque no siempre, tiene premio. Que el Rayo Vallecano continúa con su sueño, plantó la bandera franjirroja en el Agia Sofia y vivirá unas semifinales europeas por primera vez en sus casi 102 años de historia. Levanten anclas: un barco pirata persigue su sueño.


















