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Soñar

Soñar

El sueño de jugar una final europea está a solo dos partidos de poder lograrse

Dicen que de un incendio solo quedan las cenizas, pero yo siempre preferí entender que de esos restos incinerados brotan las flores más bonitas. Y es que a veces las ruinas cuentan las mejores historias. Y si algo tiene la nuestra es precisamente eso: ruinas.

Los vallecanos somos ecos del frente, de las bombas y de los casquillos de bala rebotando en las trincheras. Herederos de quienes antes de cruzar el umbral del Puente se quitaban las alpargatas, se limpiaban el barro y pisaban el asfalto del centro de la capital para servir a sus señores con los zapatos limpios y una mochila de sueños.

Somos los que responden «Vallekas» cuando preguntan nuestro origen. Los que izamos las velas de un navío transparente que navega hoy más lejos que nunca. Los que presumen de murales callejeros y no de obras de museo. Los que ven en el ladrillo tanta belleza como en el mármol de Carrara. Los que sienten en su gente el mayor de los patrimonios. Los que perdieron su independencia, pero nunca su identidad. Los que celebran las victorias como sólo lo hacen quienes han crecido en la derrota.

La vida pirata siempre fue una vida sin lujos, sin ayudas, sin rumbo. Una vida basada en la supervivencia, el extrarradio y una máxima: aquí nadie es más que nadie. Quizás sea por ello por lo que el único puerto en el que podía amarrar el Santa Inés era en el de nuestro imaginario. Un puerto sin señores, sin jerarquías y sin más límite que el que uno dibujara al cerrar los ojos para mirar. Un puerto pequeño, de barcos de palés y velas de ropa tendida, dispuesto a defenderse contra todo aquel que quisiera atracarlo.

Eso aprendimos los que vibramos en Zamora, los que lloraron en Irún y los que algún día recordarán con los ojos vidriosos que alguien, sea quien sea, los llevó de la mano a ver a la Agrupación en unas semifinales europeas. Porque el Rayo no es un equipo de fútbol, sino una orgullosa extensión de un pueblo, el de Vallecas, que sabe mejor que nadie a qué huele el polvo, a qué sabe la decepción y lo frías que son las lágrimas. Por eso este no es el cuento del balón que quiere entrar en la portería, sino el del barrio que quiere acariciar el cielo.

Dicen que de las cenizas solo queda la nada, pero es en los rincones más oscuros donde más importa soñar. Y es que a veces los olvidados escribimos los mejores cuentos. Y si algo tiene el nuestro es precisamente eso: sueños.