El Rayo consigue una victoria vital frente al RCD Espanyol (1-0) con un golazo de Sergio Camello en las postrimerías del partido y una fantástica actuación de Dani Cárdenas. Buen partido del Rayo en un duelo con alternativas que pudo llevarse cualquiera.
No soy supersticioso. Pero cuando juega el Rayo soy el tío que tira la bola de papel de aluminio a la papelera y condiciona su éxito o fracaso al del equipo. Soy esa persona que, si la primera parte ha sido mala, cambia la postura, si está en el estadio, o el asiento, si lo ve desde casa. No soy supersticioso, pero cuando el Rayo gana enciendo una lámpara de mesa del escudo franjirrojo con el color del equipo que ha sido derrotado por los míos. Y considero un mal presagio que el Rayo, cuando juega de local, no termine el partido atacando en la portería del fondo. Mi padre siempre ha dicho que ESA es la portería de los goles y a mí me gusta que mi equipo termine atacando en ella, por si acaso hay que remontar o finiquitar el duelo. Todo esto me hace ver que igual, quizás, tal vez si soy algo supersticioso.
El Rayo enfrentaba el duelo contra el Espanyol mirando de reojo a los resultados que se daban en la jornada: la victoria del Elche frente al Atlético, la del Levante contra el Sevilla; con el plantel plagado de bajas importantes: sin Lejeune, sin Mendy, sin Álvaro García… Y, por si fuera poco, en mi mente también jugaba contra el hándicap de atacar primero sobre la meta en cuya espalda se encuentra el fondo de Bukaneros y con la sensación de que era el partido de Liga más importante de la temporada.
Íñigo Pérez eligió a Dani Cárdenas como defensor del arco, a Jozhua Vertrouwd y Pathé Ciss como pareja de centrales, a Pedro Díaz, Isi y Óscar Valentín como eje de la medular y al ‘Pacha’ Espino como extremo izquierdo y encargado, junto a Jorge de Frutos, Ratiu y Pep Chavarría, de servir balones a un Alemão que ejercía de punta de lanza contra Dmitrović y los suyos. El Espanyol salía a Vallecas con su once tipo y con la ligera sombra del pozo remoloneando entre sus ideas.
Y si la no disposición de minutos suele llevar a la desconexión, el guardameta rayista Dani Cárdenas iba a demostrar que no siempre es así a las primeras de cambio. Edu Expósito voleó un balón que se había quedado muerto en tres cuartos de campo y Cárdenas regaló a los fotógrafos una de las mejores instantáneas del encuentro. La parada del arquero fue antológico, sumamente plástica y vital, pese a tratarse de la primera ocasión visitante. No iba a ser la única acción de valor gol del guardavallas rayista. Daba la sensación de que la escuadra vallecana había salido demasiado tranquila, como sin tensión; el Espanyol, por su parte, controlaba el partido sin apenas aproximaciones de peligro reales. Una pérdida de Pedro Díaz propició una contra en la que Roberto marró el último pase, que se antojaba definitivo. No llegó Dolan al envío del delantero espanyolista. Por la parte vallecana, Isi se erigía como el puntal franjirrojo. El partido del Krillin de Cieza estaba siendo excelso: se ofrecía, distribuía juego, presionaba, daba salida hacia los flancos…, pero, en cambio, el gol se le negaba en cada jugada. El 7 franjirrojo lo intentó con dos disparos lejanos que no cogieron portería, se resbaló en el momento clave cuando iba a remachar otro lanzamiento lejano en mejor posición y se encontró contra la defensa perica en otra acción que suscitaba mucho peligro. También se encontró De Frutos con la defensa blanquiazul, más en concreto con Calero, que le rebañó el esférico cuando el internacional español se relamía para embocar a la meta de Dmitrović. Con esa ocasión franjirroja, culminaba un primer acto en el que los de Íñigo Pérez habían ido de menos a más, cuajando unos buenos cuarenta y cinco minutos con un Isi omnipresente y un Jozhua Vertrouwd que había conseguido suplir con garantías a Lejeune. La primera parte del neerlandés fue digna de admirar: un coloso aéreo frente a Kike García y Roberto y un muy fiable central con el balón en los pies.
Tras la reanudación, el Rayo salió en la misma línea y el Espanyol cedió más terreno que en la primera mitad. Pudo anotar Isi un gol que haría justicia a su partidazo, pero Dmitrović repelió su testarazo con una gran intervención. El peligro llegaba más en el área franjirroja que en la perica. Una jugada algo rocambolesca terminó con varios rebotes y una acción que no supo concretar Pere Milla. Tampoco lo logró Kike García, tras robar un balón en área rival tras un regate innecesario y arriesgado de Óscar Valentín. El ariete disparó a la derecha del arco de Dani Cárdenas. En la respuesta, Ratiu le puso un balón de caramelo a Alemão, que lo remató contra el cuerpo de Dmitrović en la ocasión más clara del encuentro. El partido se volvía algo loco y a través de la locura no siempre gana el más cuerdo. Buscaba el Espanyol el 0-1 cuando Kike García fusiló un rechace franjirrojo y Óscar Valentín bloqueó el disparo con el brazo. Penalti y fantasmas en Vallecas.
Pero en los momentos de congoja surgen los héroes, incluso aquellos que, desde la sombra, se erigen como estrellas. Lo hizo Dani Cárdenas, que aguantó la carrera de Kike García y se lanzó como gato a por el balón para atajarlo con una soberbia parada que culminó un grito de rabia y tensión al que acompañó toda la hinchada franjirroja. El penalti era un matchball y el Rayo lo había salvado. Sin embargo, el Espanyol tuvo una ocasión todavía más clara en la cabeza de Pere Milla. Pero el futbolista de Lleida, a menudo más pendiente de todo lo que no tiene que ver con el fútbol que con lo que sí puede hacer en el terreno de juego (véase su ilustrado halago que le dedicó a nuestro Isi en el vestuario de Cornellà tras la victoria perica en la ida), erró de manera incomprensiblemente un remate de cabeza bajo palos en el que solo había que poner la testa y acompañar el balón. El Rayo acababa de salvar la segunda bola de partido y, cuando no aprovechas las ocasiones, normalmente pierdes. Es de ley. Como lo fue, también, la ovación de Vallecas para el regreso de Abdul Mumin tras su larga ausencia por lesión. El ghanés sustituyó, precisamente por lesión, a un muy notable Jozhua Vertrouwd, al que también ovacionó, merecidamente, la hinchada rayista.
El Rayo ya había visto las orejas al lobo y, ahora, se desanudaba la madeja de la locura en Vallecas. Dmitrović tuvo que corregir su posición para blocar un centro-chut de Isi que se colaba en su meta, pero nada pudo hacer ante la galopada de Sergio Camello. Cuatro meses llevaba sin anotar un gol el delantero del riff. Sin embargo, cuando arrancó la carrera y se desmarcó para telegrafiar el fabuloso pase en profundidad de Ilias Akhomach, todo Vallecas sentía que esa podría ser la jugada de la noche. El delantero madrileño, castizo y chulapo, y se deshizo de Omar El Hilali con un delicioso autopase. En ese momento, mi memoria se abrazó a aquella carrera que Camello culminó, con la elástica de la selección olímpica en la final ante Francia, con una sutil vaselina para darle a España el oro. Cuando el 10 rayista enfiló a Dmitrović pensé que iba a utilizar la misma técnica y me sobrevinieron otra vez los fantasmas de la superstición. “Mételo, Sergio; mételo, por lo que más quieras”, le imploraba yo al delantero, sin emitir una sola palabra y apretando los puños. Y lo hizo, ¡vaya si lo hizo!, ¡qué golazo! Con un suculento toque, parsimonioso, suave y por debajo de las piernas de Dmitrović, como una caricia franjirroja, hizo estallar a una grada que reconocía en ese gol media vida. Había marcado el Rayo otra vez en los minutos finales y lo había hecho contra todo pronóstico y, contra mis supersticiones, en la portería que no es la de los goles. Y pudo ampliar la ventaja si Ratiu hubiese sido algo más generoso con Jorge De Frutos en la contra y le hubiese cedido el balón en lugar de tirar un misil tierra-aire por encima de la escuadra de Dmitrović.
Victoria del Rayo para tomar aire, alejarse del abismo y meter muchos equipos entre su posición y la zona roja. Entre ellos, el Espanyol de Manolo González, aquel equipo que, en la primera vuelta, parecía destinado a arrasar los puestos europeos y, en la segunda, todavía sin ganar en todo el 2026, va en caída libre hacia la zona comprometida. El Rayo alcanza los 38 puntos en un duelo en el que se entrevieron dinámicas, fútbol, emociones y, sobre todo, antídotos contra la superstición. Un partido que, ahora, en la noche, destilará el color azul de una lámpara de mesa.






