El Rayo cae ante el Crystal Palace (1-0) en la final de Conference para cerrar una temporada y ciclo maravillosos. Los franjirrojos minimizaron las diferencias de presupuesto y plantilla, pero no hubo machada. El Palace de Glasner, justo vencedor.
Para empezar, diré que es el final. No es un final feliz. Tan solo es un final. Permitidme que, por esta vez, abra esta pieza con unas palabras que no son mías. Permitidme también, y vaya por delante que yo no soy nadie para atreverme a ello, corregir a un gigante de la música como Carlos Tarque. Esto no es tan solo un final. Es el broche a una historia preciosa y sencilla tras su complejidad. Un relato lleno de matices. El argumento de la película es simple: fuimos a Leipzig e Ítaca se nos escapó entre los dedos. Ya está; cosas que pasan. Pero, joder, qué bonito ha sido el camino.
El Rayo regaló a su hinchada la noche más bella de sus 102 años de historia. Una final europea no está al alcance de cualquiera, por mucho que algunos traten de ningunear la competición y las eliminatorias de esta. Y en esa noche, para abrochar un guion caprichoso, esperaba el monstruo final. El ambiente era precioso: dos hinchadas entregadas, miles de gargantas rompiéndose para alentar a los suyos y miles de manos tifando para insuflar el último empujón de ganas a los jugadores sobre el césped. En nuestra orilla, la de los hijos del caballo blanco, un tifo maravilloso acompañado de una readaptación de los versos de Duro Galván: “llévala al barrio, mi amor”, que dio paso a un mosaico con la calavera (por ella, la vida entera).
Y comenzó el partido que todos soñábamos jugar de pequeños y presenciar desde la grada, ya entrados en años. Ya desde los primeros compases se vio que el Crystal Palace era el mejor equipo contra el que la franja se había batido. Y que era infinitamente mejor que el conjunto franjirrojo. Los presupuestos hablan por sí solos: casi 600 millones del lado inglés frente a los poco más de 100 por el flanco vallecano. En el once de los de Selhurst Park, ocho mundialistas; en el del Rayo Vallecano, solo Pathé Ciss. Quizás a lo único que no pudiese ganar el conjunto londinense era a ilusión. Pero, en la mayoría de las ocasiones, aunque mueva montañas, la ilusión no suele ser suficiente para ganar. Eso es algo que la vida nos ha enseñado una y otra vez. Y seguirá haciéndolo.
El Rayo no se encontraba cómodo sobre el césped; no lo hizo en ningún momento del encuentro. El estilo de juego del Crystal Palace oscurecía todas las virtudes que han caracterizado al equipo de Íñigo Pérez en el camino hasta la final. La renuncia a salir con el balón jugado como sistema restaba eficacia a la presión franjirroja en bloque alto, la inclusión de carrileros altos como Daniel Muñoz y Tyrick Mitchell obligaba a los extremos rayistas a retrasar su posición hasta zonas en las que su presión era inocua y la capacidad de filtrar el balón y jugar por dentro del doble pivote formado por Adam Wharton y Daichi Kamada era indetectable para la medular vallecana. Por si fuera poco, en los duelos físicos el Rayo partía con una clara desventaja ante el enorme poderío del conjunto inglés y de tipos como Mateta, en la zona de ataque, sostenido por un imperial Lejeune, o Lacroix, en la retaguardia. Se partió la cara Alemão para tratar de fijarlo y ganar duelos, aunque era una tarea prácticamente imposible.
Cuando el ritmo de partido se tranquilizaba, el Rayo se sentía algo más cómodo. Sin embargo, en el momento que la máquina del partido se activaba y empezaban a pasar cosas, el Rayo sufría tanto sin balón, por la velocidad de Sarr y Yeremy Pino en los flancos, como con posesión, ya que daba la sensación de que el bloque bien plantado del Palace le desproveía de las herramientas necesarias para hacer daño. La escuadra franjirroja era Don Quijote luchando contra los molinos. Y, no obstante, incluso en esa batalla perdida, pudo el Rayo ponerse por delante en dos acciones aisladas en las que tanto Alemão, con un remate de zurda algo forzado, y Unai López, con un disparo de interior, rozó el palo izquierdo defendido por Dean Henderson. También estuvo cerca, mucho más incluso, de adelantarse el Crystal Palace al borde del descanso cuando Mitchell cabeceó, incomprensiblemente fuera, un envío delicioso de Wharton a la espalda de la defensa rayista.
No se había sentido cómodo el Rayo durante toda la primera mitad, salvo en esos minutos en los que le bajó las revoluciones al partido y consiguió conectar un par de centros con peligro y recoger alguna segunda jugada para tratar de finalizar y asestar un golpe al conjunto de Glasner. El resto del tiempo el Rayo había sido como el vampiro que no se refleja en el espejo y no proyecta su sombra sobre el verde. El juego y las fortalezas del Crystal Palace no le dejaban reconocerse, aunque, orgulloso y resistente, trataba de buscarle las cosquillas al gigante con tesón y ahínco. Con valentía, coraje, nobleza y 11000 gargantas a las que no se dejaba de escuchar sobre las casi 20000 inglesas que prácticamente les doblaban en número.
Tras la reanudación, cuando todos esperábamos un giro de guion a cargo de Íñigo Pérez, fue el conjunto dirigido por Oliver Glasner el que golpeó a los vallecanos. Todo empezó, otra vez…, en los pies de Adam Wharton. El mediocentro inglés se aproximó al área y lanzó un zurdazo que Augusto Batalla repelió con la mala suerte de que el balón le cayó en los pies a Mateta, que ni siquiera conectó bien el remate, pero fue suficiente para anotar el 1-0 y desnivelar definitivamente una final que se antojaba ingobernable para el Rayo. El gol mandó al Rayo a la lona y desestabilizó por completo al conjunto de Vallecas. Tanto fue así que, cinco minutos después, los postes salvaron a los de Íñigo Pérez hasta en tres ocasiones en la misma jugada. La falta directa de Yeremy Pino se estrelló en los dos palos para, después, salir rebotada a los pies de Chadi Riad que, ante la resistencia de la defensa rayista, no conectó bien el remate y volvió a estrellar el esférico contra la madera. El Rayo vivía su momento de más tensión y amenazaba con derrumbarse con una nueva ocasión clarísima de Mateta que consiguió salvar nuestro San Augusto Batalla. El pie del santo de Hurlingham mantuvo a los suyos en el partido en una acción soberbia que los conectó al respirador.
Sin embargo, con corazón y amor propio, el conjunto de Íñigo Pérez, que buscó en el banquillo encontrar lo que le faltaba al equipo con la entrada sucesiva de Pedro Díaz, Camello, Mendy, ‘Pacha’ Espino e Ilias Akhomach, resistió, se sobrepuso a esos momentos de asedio y recompuso sus amenazas como quien ordena su maleta antes de emprender un nuevo viaje. Y cargó la pistola para buscar el duelo como si de un western se tratase. Pero ya sabemos que el western puede ser un género árido, triste y desértico en el que reine la tristeza, el desasosiego y la zozobra. Camello intentó la igualada en un remate de volea desde la frontal del área que se marchó por encima del larguero. Antes, en su ocasión más prometedora, el Rayo consiguió penetrar el área del Crystal Palace con una pared entre Isi y Álvaro García en la única ocasión en la que se pudo vislumbrar el juego combinativo e incisivo que ha desplegado durante toda la campaña el conjunto vallecano, pero el de Utrera no llegó a conectar el centro con la zona de remate.
En esos momentos, ya todo eran lágrimas en la grada rayista. De pena, claro, por saber que se escapaba como arena la oportunidad de nuestras vidas. Tal vez la única que disponga el equipo del barrio para tocar plata. Pero más allá de la pena, también eran lágrimas de orgullo, de agradecimiento, de pertenencia. Lágrimas de amor, que cantarían los Camela. Porque, nosotros, tan acostumbrados a perder, hace muchos, muchos años que dejamos de temer a la derrota. Y porque en las ruinas de nuestra tristeza, muchas veces encontramos el reflejo más bonito. Y porque el Rayo y el rayismo nunca han sido una cuestión de perder o ganar. Duele, por supuesto. Es imposible que no lo haga porque perder siempre duele. Pero cuando uno pierde siendo consciente de que, a pesar de la adversidad y la enorme diferencia frente al oponente, lo ha intentado todo, nunca sale vencido y la que gana es la dignidad. Gracias a esa plena consciencia del lugar del que venimos, en la derrota de ayer se volvió a leer una pequeña conquista moral de la hinchada vallecana y del rayismo, allende los mares y en cualquier lugar desde el que alentase. Leipzig fue una confirmación. La que reza esa preciosa frase con la que la afición trató de buscar el consuelo de los suyos: “no conocí mayor victoria que contigo en una derrota”. Para tatuársela y grabarla a fuego. Porque tocará volver a la realidad. Y perderemos. Somos el Rayo y perderemos mucho, seguramente. Pero siempre estaremos ahí, con nuestra franja. Porque amamos y solo quienes han amado son conscientes de que amar implica estar en los peores escenarios. Sin condiciones. Porque, de la misma forma que canta Amaral en Eso que te vuela la cabeza, el Rayo es, en la victoria y en la derrota, en la prosperidad y la adversidad, en la salud y en la enfermedad, “lo que nos salvará, la única bandera que haremos ondear, la única patria que yo quiero de verdad”. Y porque, una y mil veces, si nos dan a elegir entre tú y la gloria, ten claro que siempre y de manera incondicional, nos quedaremos contigo.
















