Pasarán los años y siempre recordaremos esa noche europea en Estrasburgo
Con lo que algunos llaman resaca emocional y yo prefiero denominar paliza corporal importante, uno ya está descansado en su humilde morada. No confundir esta morada con la peluca de las grandes ocasiones que lució Piti el pasado jueves en Movistar. Por cierto, peluca que le regaló cierta peña con su nombre y que, pese a que nunca lo menciona, así fue. De hecho, el kit incluyó peluca morada y préstamo de megáfono.
Volvamos al meollo de la cuestión, que no es otro que escribir unas líneas del Estrasburgazo, mientras disfruto del prolongado período de recuperación corporal (que no emocional) necesario para algo tan bestia como lo que hemos vivido en torno a unos 2000 privilegiados rayistas. Entre esta marea franjirroja estaba ella, esa pequeñaja de 17 años a la que su madre me «presentó» en forma de Predictor positivo el día 8 de junio de 2008. La historia de mi vida no se entiende sin una franja en el pecho y esa peculiar forma de enterarme de la buena nueva de mi futura paternidad, sucedió vía foto de WhatsApp porque yo estaba en el Ruta de la Plata animando al Rayo en el playoff de ascenso de Segunda B A Segunda División. Casi 18 años después, hemos cruzado Europa buscando hacer historia con la Agrupación. Brincó, se dejó la voz, lloró, animó a los suyos, abrazó, volvió a llorar y hasta tuvo tiempo de ver de cerca al tipo al que su padre llama chorizo cada vez que le hacen un primer plano en la tele los días de partido. Este viaje tenía que ser con ella, y tenía que ser cerca de Lola y de su amada Blanca, porque necesitábamos brindarle esta gesta a nuestro Antoñín, un año después. El árbitro no había pitado y ya habíamos llorado una jartá, tratando de desenroscar ese nudo en la garganta al recordarle con su sonrisa eterna mientras veía a sus Balliu, Isi, Óscar o Pedro Díaz y ese pinganillo en la oreja, posiblemente escuchando Pasión Por el Rayo.
Cerca de Lola estaba Carlos, uno de los muchos tarados que se plantaron (perdón, nos plantamos) en Estrasburgo sin entrada y con más fe que certezas de conseguir ir al partido con su mujer, sus dos peques y su colega rayista que vive en Suiza. Con lo que en Vallecas nos quejamos cada semana de los odiosos reventas, Carlos y otros tantos como él, hubiesen vendido su alma al diablo por encontrar a uno de estos tipos y conseguir entradas. Además de perderse un partido único e histórico, al día siguiente Jairo, el mayor de sus dos peques, cumplía 5 años y lo que debería ser un cumpleaños inolvidable para bien, amenazaba con ser un mal recuerdo rayista.

Sin embargo, en este maravilloso y pequeño mundo de Franja, los caminos de esta familia y los míos se iban a cruzar ocho horas antes del comienzo del partido en las inmediaciones de La Meinau. Un tipo con gorra y cara de mala leche agitaba una puerta cerrada a las 12.55, cuyo horario de apertura era hasta las 13 horas. Era la entrada a la tienda oficial del Estrasburgo y el objetivo era comprar bufandas a algún que otro rezagado compañero del Frente Karka Pitingo. Tras decirme Carlos que, ya habían cerrado y después de cagarme hasta en Napoleón por cerrar unos minutos antes de su hora, me comentaba su odisea de viaje sin entradas para el partido. Curiosamente, los astros franjirrojos se habían alineado previamente y la expedición Matagigantes había pasado de no estar acreditados (ninguna novedad) y no tener entradas confirmadas durante los días previos, a sobrarle justo el número de entradas que esta familia necesitaba. Cuando les comenté la posibilidad de obrar el milagro, sin necesidad de recurrir a reventas, la cara de esta familia fue la misma que Jairo debe poner cada 25 de diciembre y 6 de enero al despertar. En una de las ciudades con el mercadillo navideño más bonito de Europa, el Puto Rayo había conseguido darle un buen meneo al calendario y adelantar 7 meses la Navidad. Jairo, vestido de portero rayista para la ocasión, tuvo la oportunidad de ver desde muy cerquita en acción a su ídolo, Augusto Batalla. Él, al igual que su Rayo, el jueves ganaron y no va a olvidar fácilmente este cumpleaños tan especial. Ahora, lo jodido es cómo superarlo de cara al año que viene. Como deseo, podría estar bien (y todos firmaríamos debajo) volvernos a encontrar en una eliminatoria del Rayo Vallecano en Europa League. Esta vez con entradas y con esos flyers de cumpleaños que Carlos hizo y que se dejó en casa por el disgusto de verse sin entradas.
Cierro como comencé, trayendo a mi memoria lo bien que se lo ha pasado mi enana, su cara observando embobada como el naranja de las bengalas teñía el cielo francés. Ese cielo que el Puto Rayo estaba a punto de tocar en cuanto el colegiado decidiera pitar el final. Pero antes, para hacer honor a la historia de nuestro Rayo, tocaba sufrir mínimamente con el penalti pitado a ultima hora. Hace no tanto, ese penalti hubiese entrado y, tal vez, el Estrasburgo hubiese marcado un segundo gol en el tiempo de descuento, hubiese habido una prórroga cruel y el titular del As/Marca (este último depende de si no se pegan dos jugadores del Madrid) del día siguiente sería algo así: «El Rayito se queda a las puertas de una final europea». Pero todo eso ha cambiado y Don Augusto Batalla, se encargó de aniquilar a ese pobre Rayito para, con su parada, hacer brotar de nuevo la locura y que el «Puto Rayo, Puto Rayo, eh» volviese a hacer retumbar los cimientos de La Meinau.
Sin tiempo apenas para digerir todo lo vivido en estos días y después de hacer mil cábalas y combinaciones de vuelos, escalas y aerolíneas distintas, ya tengo preparado el capítulo final del viaje de nuestras vidas. Leipzig y la gloria nos aguarda el día 27 de mayo. Respeto todas las opiniones y me parece perfecto que haya quien se conforme con haber llegado hasta aquí, pero yo quiero que el Puto Rayo se traiga el paragüero a Vallecas. El jueves vi llorar a Miguelito, igual que le vi en Eibar hace años, pero esta vez por un motivo diametralmente opuesto. Este está siendo su sueño y él como el resto de los rayistas que tragaron ,barro en los infiernos de la Segunda B, merecen soñar en grande por una vez en nuestra vida rayista.















