El Rayo Vallecano se impuso al RC Strasbourg (0-1) y consiguió un brillantísimo pase a la final de la Conference. Partidazo del equipo con gol de Alemão y otro penalti detenido por Batalla en el descuento. El Rayo vivirá en Leipzig la primera final de su historia.
En su poema El despertar, Alejandra Pizarnik escribió: “¿Qué haré con el miedo?”. Y en su obra Primera sangre, la escritora María Velasco propone una serie de medidas para confrontarlo. Disimularlo con prendas amplias, meterlo en el congelador o llevarlo al coma inducido, plantea la dramaturga. Al contrario de lo que piensa todo el mundo, el miedo no es algo malo. Nos ayuda a estar en alerta, nos lleva a pensar en las posibles soluciones a los problemas, nos envalentona. “Dijo un sabio que “el miedo realiza lo temido”. Y el Rayo convirtió el nudo en la garganta en alegría. Con o sin miedo, con valentía, coraje y nobleza. Gracias al Rayo comprendimos, como dijo Nelson Mandela, que “el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él”.
Llegaba el Rayo a Estrasburgo con una mínima ventaja desde Vallecas. Y en el ambiente se respiraba un cierto respeto ante la aparentemente temible localía del RC Strasbourg, que había sido el equipo más solvente y uno de los más goleadores de la competición en su casa. En la retina de muchos quedaban, tal vez, los cuatro goles que le endosó al Mainz 05 en la vuelta de los cuartos de final para deshacer el 2-0 que traía de Maguncia. Sin embargo, el conjunto de Íñigo Pérez se plantó sobre el césped desacomplejado y sin temblor de piernas. Mentalmente fuerte, como si llevase haciendo esto toda la vida. Incluso pese al varapalo que supuso la lesión de Ilias Akhomach durante el calentamiento.
Ya a las siete vueltas de reloj, Alemão dibujó un cabezazo precioso que hizo volar a Mike Penders para evitar el primer tanto franjirrojo. El cabezazo del brasileño, más que un remate, era un exorcismo. Los fantasmas, fuera. También lo intentó Jorge de Frutos tras un robo en tres cuartos del jefecito de Ajofrín, que asistió al internacional español, cuyo lanzamiento lejano se marchó elevado por muy poco. El Rayo salió tan enchufado al partido que el RC Strasbourg no ganó el primer duelo individual hasta el minuto 18. Lo manejaba todo el Rayo Vallecano, al contrario de lo que se vislumbraba en la previa. Ni siquiera la irrupción de Valentín Barco era suficiente ante el enorme trabajo del equipo rayista. El ‘Pacha’ Espino, que había salido en sustitución de Ilias, intentó un remate muy forzado que cayó manso en las manos del arquero belga de los azules.
La franja roja gobernaba el partido, presionaba en campo contrario y aminoraba el carácter guerrero del conjunto de Alsacia en La Meinau. La primera parte fue excelsa; una demostración de personalidad, de carácter y temple. De campeón. Íñigo Pérez le enseñaba al mundo del fútbol y a ciertos entrenadores de equipos mucho más millonarios, que también se puede defender un resultado con el bloque alto y buscando el balón y la combinación. Defenderse con alegría es posible. No es necesario hacerlo desde el pesimismo. Isi buscó hacer realidad el cántico (“llévanos a Leipzig, Isi Palazón”) con un disparo lejano que no hizo daño. También lo quiso el vasquito Unai López, que, además de mandar sobre todo el centro del campo, propio y ajeno, descargó un obús espectacular que obligó a intervenir a Penders.
Con esa tesitura, el Rayo se aproximaba al descanso y había anulado la primera reacción del conjunto francés. La Meinau, que había roto su huelga de animación contra la multipropiedad en el minuto 12, veía como la posibilidad se les escapaba entre los dedos. Sobrevolaba en el ambiente la sensación de que el Rayo estaba perdonando demasiado cuando se abrieron las puertas de la locura vallecana. Un córner de Isi demasiado pasado le cayó en los pies a ‘Pacha’ Espino que, con clase y templanza, lo puso de nuevo en el área. Allí emergió el mejor central de la historia del club vallecano. Lejeune remató y, en el rechace a bocajarro de Penders, se hizo grande ese brasileño que parece ruso y que desde ya podemos catalogar como vallecano de adopción. Alemão de nuestros amores. El ariete, el delantero, el mismo jugador que se permitió una hermosa ruleta marsellesa para aniquilar al Samsunspor turco y que, en Estrasburgo, empujó el balón con el alma de todos los rayistas. Tras el tanto franjirrojo y entre la chifladura, Augusto Batalla tuvo que poner orden. Al arquero argentino habría que canonizarlo como el santo que es, el más importante de Vallecas, solo perseguido por San Carlos Borromeo y San Ramón Nonato. Con su paradón, el argentino ahuyentó, nuevamente, los miedos y lo citaba de la misma forma que hacía María Velasco en su Primera sangre: “Miedo, be in touch. Miedo, don’t forget me”. Histórico el guardavallas rayista. Y aún lo sería más.
Gary O’Neil era consciente del baño táctico que estaba recibiendo desde el flanco de Íñigo Pérez y retiró a un superadísimo Chilwell para dar entrada a uno de los talentosos. Sebastian Nanasi buscaría desbordar y combinar con la zona alta de los azules. Pareció que el RC Strasbourg había despertado cuando Moreira Jr. remató de cabeza e hizo valer el esperado empuje local. Sin embargo, el Rayo volvió a sobreponerse y a demostrar una fortaleza mental digna de elogio. En la continuación de la jugada, De Frutos hizo efectivo el bloque alto y robó el balón. Su conducción sirvió para asistir a Isi Palazón en posición franca, pero el Krillin de Cieza se topó con una maravillosa mano de Penders para desviar el 0-2. Pero la ocasión más clara para ampliar distancia la tuvo Jorge De Frutos en su bota derecha tras un saque de córner. El de Navares de Enmedio chutó con todo a favor, pero su remate en boca de gol se marchó pegado a la cruceta. El 19 rayista lo estaba haciendo todo bien, excepto finalizar las jugadas, tarea en la que suele ser efectivo, pero se le resistía en la noche alsaciana, como volvió a evidenciar en otro remate desviado.
En la otra orilla, el RC Strasbourg lo intentaba con más arresto que fútbol. Lo más cerca que estuvo de lograr el empate en los primeros compases de la segunda mitad fue un chut de El Mourabet tras un rechace de la defensa franjirroja. El centro del campo maniataba la medular francesa y, en la retaguardia, Pathé Ciss y Lejeune se erigían como cuerpos infranqueables. El partido de los dos centrales es absolutamente antológico. La intensidad empezaba a hacer mella y los dos entrenadores buscaron meter piezas nuevas al tablero. Gary O’Neil se encomendó a la calidad y la vertiginosidad del jovencísimo Amo-Ameyaw que ocupó el espacio de un jugador más creativo como El Mourabet. Íñigo Pérez, por su parte, buscó agitar un poco las piernas cansadas de los suyos para seguir con el plan de partido. El carrusel de cambios, en dos tandas, puso sobre el verde a Camello. ‘Il Divino’ dio descanso al Capitán Brasil, que había vuelto a marcar en las semifinales para darle al Rayo una ventaja que se antojaba definitiva. Más tarde, ya a falta de un cuarto de hora, el arquitecto rayista dio entrada a Balliu y Pedro Díaz para redoblar los laterales y dar aire al ataque franjirrojo y respiro a Isi y Jorge De Frutos. Entre las dos ventanas de sustitución, Valentín Barco dispuso la ocasión más clara de los locales en todo el partido. El colorado remató ante el achique de Batalla, pero cuando el balón se dirigía al arco, apareció un Pep Chavarría que, en ocasiones, parece que juega sobre la alocada moto de Valentino Rossi. Lleva el 3 en su espalda, pero podría portar el 46. La salvada del catalán tiene valor gol y permitió la reacción de Batalla para, en el rechace, enviar el balón a la esquina y desbaratar otra amenaza. La aproximación de Barco fue lo único destacable que había hecho el jugador, que regresaba tras sanción y estuvo perfectamente neutralizado por el centro del campo rayista gracias a un enorme y solidario trabajo en las ayudas a Óscar Valentín
Gastó Íñigo su última posibilidad de modificar el tablero y lo hizo para buscar la velocidad en banda y ofrecer más garantías y mimo al balón en la línea de creación. Gumbau y Álvaro García recogieron el testigo del vasquito Unai López y del lesionado ‘Pacha’ Espino, que habían cuajado dos enormes actuaciones desde el sigilo y el trabajo sordo. Está claro que el éxito del vestuario del Rayo se cimenta, en gran medida, en torno a la solidaridad y el buen desempeño de todos y cada uno de sus integrantes. Nada más salir el guaje Pedro Díaz, Camello y él calcaron la jugada que pudo sentenciar la eliminatoria en la ida. Esta vez el 4 rayista consiguió disparar desde la frontal, pero el remate mordido golpeó el suelo antes de salir, moribundo, por la línea de fondo.
Al RC Strasbourg ya solo le quedaba la épica. Un hálito de esperanza, un resuello, un grito de rabia para tratar de no morir. Estertores. Y en el abrazo que le dio a la vida gastó su último aliento. Un tiro lejano de Ouattara se marchó desviado y una acometida de Barco desde la izquierda concluyó con un rebote en la cara de Ratiu que se estrelló en la zona superior del larguero, aunque Batalla estaba cubriendo bien la portería, y terminó en córner. En la salida del saque de esquina, el balón terminó estrellándose contra la mano despegada del cuerpo de Óscar Valentín. De la misma forma que había ocurrido un par de semanas antes en Liga contra el Espanyol. Y de igual manera, aunque con diferente protagonista, iba a terminar el susto. Penalti tan claro como desafortunado en el descuento. Y cuatro minutos que se podían hacer eternos. Un viaje al fin de la noche. Pero si en el día del Espanyol apareció Dani Cárdenas para negar la diana a Kike García, en La Meinau iba a aparecer, como ya hizo en Getafe, el bueno de San Augusto Batalla. Paradón del Santo de Hurlingham para evitar sufrimientos, espantar tinieblas y certificar el pase a la final. Con cojones como puños, que cantarían los Kaos Urbano.
Con el final ya cercano, el banquillo franjirrojo se ponía de pie con un Trejo emocionadísimo, orgullo de toda una hinchada. El Rayo lo había conseguido; había dominado la presión en La Meinau y se había envalentonado en cada jugada. Chulapo y consciente de su origen, idiosincrasia e identidad, el conjunto vallecano sacó la cheira en cada acometida y fue dueño y señor de las semifinales. Resistió la escuadra rayista con el mismo arrojo con el que el Jaro defendía a los de su clase en Navajeros, con el ímpetu con el que Vinz, Saïd y Hubert protegían su barrio en La Haine y con el impulso de todas esas almas franjirrojas que miraban el partido desde quién sabe dónde: mi abuelo Serafín, el Meji, los papás y las mamás que nos llevaron al estadio por primera vez y que en algunos casos ya no están… Con el alma de Vallecas y el aliento de Prudencia Priego, y tras ser rotundamente mejor equipo durante toda la eliminatoria, el Puto Rayo vivirá en Leipzig la primera final de su historia. Y, aplacados ya la tensión y los nervios, resuena en las paredes del pecho la voz de aquel sabio cuyas palabras rescataba María Velasco para concluir, en Primera sangre, su disertación sobre el miedo. De la misma forma que no hay Rayo sin su gente y sin Vallecas, no existe gloria sin sufrimiento y no nace victoria sin lucha. Porque llevamos casi 102 años comprendiéndolo: “nada grandioso fue conseguido sin peligro y donde está el peligro, crece también lo que salva”.
















