¿Hay algo más bonito que un gol en el minuto 94? Sí, celebrarlo con los tuyos
Jesús Villaverde Sánchez / Matagigantes
Marcó Álvaro García y nos volvimos locos. Cuando el balón besó las mallas rivales ya estábamos fundidos los tres en uno; mi padre, mi hermano y yo. Gritábamos. La verdad es que solo alcanzábamos a gritar. Aquello era más una liberación que un gol. El primer suspiro que exhalas cuando te despiertas de un mal sueño. Una de esos pequeños instantes que hacen que todo valga la pena.
Marcó el Rayo el 3-2 y cada aficionado de Vallecas se fundió en un abrazo con alguien. Y en ese abrazo reside la verdadera razón por la que, a pesar de todo, seguimos amando este deporte tan maltratado y vilipendiado por las élites. Por ese abrazo colectivo, por ese sentimiento de pertenencia, por esos ojos vidriosos de tensión que, de repente, se aclaran y, por fin, se muestran tranquilos tras casi ciento quince minutos de angustia y ansiedad.
Marcó el Estadio de Vallecas y todo el barrio rugió. Porque la working class nunca se rinde y siempre da la cara. Incluso cuando las cosas no le salen bien y parece que todo va a desembocar en una nueva derrota. Porque no pasa nada cuando pierdes, pero, ay, cuando ganas y lo haces de esa manera…

Marcó la franja y San Augusto gritó a todo pulmón. Desgarrador, emocionante, intenso, como solo puede hacerlo alguien que siente y ama esta franja que nos cruza la vida, el alma y la razón. Su gesto es el de toda una afición, que liberó toda la tensión con ese zapatazo de Álvaro y que corrió, a través de las piernas de la plantilla, hacia la melé que celebraba en la esquina del césped que entrelaza Payaso Fofó con Teniente Muñoz Díaz y que une a todo un barrio y una clase trabajadora orgullosa de los suyos.

Marcó el emblema de este Rayo Vallecano, porque quizás solo podía haberlo hecho él, y en mitad del abrazo con mi familia sentí que en ese momento estaba donde tenía que estar. Que nada podría borrar ya esa memoria, que me acordaría del Rayo-Lech Poznan incluso cuando hubiese perdido los recuerdos entre el pasar del tiempo y los años. El gol de Álvaro García nos entregó a la locura, pero también nos hizo ser plenamente conscientes de que, a fin de cuentas, vivimos todo esto para experimentar esos momentos con los nuestros, esa conexión con nuestros iguales, esa pertenencia e identificación con la tribu. El abrazo colectivo que se construye a través de cada abrazo particular.






