El Rayo venció al Lech Poznan (3-2) en la última jugada en un partido en el que volvió a ofrecer dos caras: una con la unidad B y otra con los titulares sobre el césped. Los franjirrojos siguen abonados a la locura de los minutos finales.
Hoy Jekyll doblegó a Hyde. Venció el Rayo en un partido que parecía perdido al descanso. Contra todo pronóstico, contra sí mismo y contra el ataque de entrenador de Iñigo Pérez, que decidió modificar absolutamente todo el eje central de su equipo y dejarlo sin guía. En un símil con ese autobús de Speed (Jan de Bont, EE.UU., 1994) que circulaba con una bomba que le imposibilitaba la frenada, el Rayo salió a Vallekas sin conductor y con una mochila llena de explosivos. Sin embargo, nadie hacía el papel de Keanu Reeves y el Rayo se asemejaba mucho a la nerviosa y temblante Sandra Bullock. Cualquier podía verlo: el centro del campo de los franjirrojos nada tenía que ver con lo que pedía una noche europea.
De esta guisa, el Rayo Vallecano se encontró en la primera jugada del Lech Poznan con lo que pareció un penalti y expulsión de Lejeune que, primero, el árbitro señaló sobre la media luna y con amarilla para el central francés y, después, rectificó para dejarlo en nada. Y nada hizo la defensa, pasiva y contemplativa, ante el centro que originó el 0-1 de Luis Palma. Soberbio testarazo desde la frontal del área ante el que nada pudo hacer Batalla, que recriminaba amargamente la falta de contundencia de su defensa. El Rayo, que podía haberse adelantado en una buena jugada de Álvaro García que no alcanzó a rematar Camello.
Trató de reaccionar el conjunto vallecano con un disparo del propio Álvaro García que se fue alto. Pero algo no cuajaba. Una jugada embarullada en la que dio la sensación de que las piernas rayistas podrían haber rematado varias veces sin hacerlo ninguna fue lo único reseñable de una primera parte para olvidar. El primer lanzamiento serio de los locales llegó pasada la media hora, se estrelló contra el lateral de la red y precedió a la debacle. En la salida, el Lech se plantó con poquísimos toques en la frontal del área, donde el balón cayó en los pies de Kozubal, que lo puso lejos del alcance de un Batalla que volvía a desesperarse con sus defensores. El Lech Poznan, un equipo bastante flojo, estaba jugando a placer y ganando 0-2 en Vallecas ante un Rayo inédito y completamente fuera del encuentro.
Lejos de salir avasallador tras el descanso, el Rayo regresó dormido y, de manera incomprensible, sin cambios desde el banquillo. Íñigo Pérez quiso dar confianza a los suyos y continuó, a pesar del desastre, con los once titulares. Muy cerca estuvo de costarle definitivamente el partido cuando Batalla tuvo que salir a cubrir un nuevo desajuste defensivo para taparle el ángulo al delantero del conjunto polaco. Tal vez ese fue el clic definitivo para darse cuenta de lo que es una evidencia para cualquier persona que haya visto los partidos del Rayo esta temporada: la unidad B de los franjirrojos esta lejísimos de dar la talla y estar a la altura de las circunstancias. El exrayista Milic estaba secando fácilmente a un Camello que era como un azucarillo en el café, el centro del campo estaba completamente perdido en un océano de dudas que solo la voluntad y el incansable desempeño de Óscar Valentín conseguían contener y la distancia entre la delantera y la creación era cada vez más insalvable. Dos amantes que se alejan y se pierden en el tiempo.
El cuádruple cambio con el que reaccionó Íñigo Pérez puso en juego a Isi, Pedro Díaz, Ratiu y Alemão en sustitución de Gumbau, Camello, Balliu y Trejo. Y el Rayo se lavó la cara y comenzó a bailar delante del espejo. Lo que Íñigo Pérez te quita, Íñigo Pérez te lo da. Y su rectificación a la hora de introducir los cambios fue la clave. La primera jugada tras los cambios concluyó con un fantástico remate a la media vuelta de Álvaro García, tras una buena jugada del ‘Pacha’, al que respondió Mrozek con un descomunal palmeo a ras de suelo. Pero el Rayo se había mirado al espejo y había visto que Jekyll aún continuaba allí. Y que era el momento de tumbar a su lado oscuro. La continuación de la jugada llevó el balón a la banda derecha y cayó en los pies del guaje Pedro Díaz (qué calidad). Su centro, franco, directo, tenso, encontró una maraña de piernas entre la que floreció la de un genio. Isi consiguió meter la zurda para embocar el balón a la escuadra derecha del Lech Poznan y devolver la fe a Vallecas. El rugido de la grada espoleó a los locales que, en la siguiente jugada, estuvieron cerca de la igualada con un cabezazo de Alemão que se quedó, blandito, en los guantes de un Mrozek muy bien colocado para blocar. El Lech Poznan se esfumaba en manos del Rayo como arena entre los dedos. Sin embargo, todavía fue capaz de detener los latidos franjirrojos en una contra que estuvo a punto de rematar a portería el nigeriano Taofeek Ismaheel.
Precisamente una frivolité de Ismaheel en la retaguardia, con un recorte sin sentido, unida a la fe incansable de San Álvaro García, originó la acción de la que surgiría el empate. El 18 del Rayo centró al área y el remate que no conectó Alemão sí lo enganchó Jorge de Frutos. La pegó con el alma el segoviano para reventar la escuadra izquierda del conjunto polaco cuando aún quedaban ocho minutos para los noventa más el descuento. El Rayo iba lanzado; Jekyll había conseguido esconder a su monstruo interno: Hyde ya era historia hasta otra noche.
Tuvo el 3-2 el conjunto local en varias ocasiones: Alemão con una acción en la que se precipitó con un cabezazo a las manos de Mrozek cuando la jugada pedía control y tiro, Óscar Valentín cuando desvió un lanzamiento lejano de Álvaro y cerca estuvo de introducir en la red y, sobre todo, ‘Pacha’ Espino con un zurdazo monstruoso que hizo temblar el travesaño del Lech Poznan cuando Vallecas ya rugía con la remontada. Cabe destacar que, tras una horrible primera mitad, el lateral izquierdo uruguayo consiguió vencerse a sí mismo y a su Hyde, también, para terminar el partido en alto. Elogiable su capacidad de persistir y su personalidad para, pese a su día horribilis, no dejar de ofrecerse, intentarlo y pedirla constantemente. Que hubiese hecho subir el 3-2 al marcador hubiese sido una pizca de justicia poética. Pero había un nombre que estaba predestinado a desatar la locura en el manicomio del Payaso Fofó. ¿Quién si no Álvaro García para convertirse, otra noche, en el héroe franjirrojo? Restaban menos de treinta segundos para el final del descuento cuando Pathé Ciss levantó la cabeza y envió un pase milimétrico a la carrera del 18 rayista. Ni corto ni perezoso, cuando cualquiera hubiese dudado sobre si tirar, pasar o qué hacer, San Álvaro García (que alguien le ponga su nombre a una calle, un bar o una parroquia) la bajó como lo habría hecho el Diego para quedarse en posición franca y fusilar a Mrozek con un soñado disparo cruzado raso para desnudar las gargantas, desligar la locura, el abrazo colectivo, el grito liberador. La catarsis, el manicomio, el doctor Jekyll atando en corto a Mr. Hyde. El Rayo desposeyéndose de sí mismo en una preciosa otoñal vallecana.






