Compartir

Defensa de la alegría

Defensa de la alegría

El Rayo visita a Osasuna tras el parón. Los franjirrojos, envueltos en el cisma de la hinchada con el palco, buscarán ganar en Pamplona tras veintidós años sin conseguirlo.

Me gusta mucho Íñigo Pérez. Me gusta mucho por su retórica, me gusta mucho por su capacidad de análisis, por su mesura, discreción y elegancia, por su naturalidad y la paz que transmite en cada una de sus intervenciones. Me encanta que sea capaz de reconocer sus errores y pedir disculpas por ellos sin pataletas ni una voz más alta que la otra. Me encanta Íñigo Pérez. Es más, tengo la sensación de que podríamos irnos a tomar unas cervezas y podríamos llegar a ser buenos amigos. Y, además de todo, porque en esto que os cuento, nada tiene que ver el fútbol, Íñigo Pérez me parece un entrenador maravilloso.

Las declaraciones que hizo Íñigo ayer nada tienen que ver con el fútbol. Y lo tienen que ver todo al mismo tiempo. “El aficionado del Rayo cuando siente que algo es injusto siempre se manifiesta, siempre se rebela, siempre hay una rabia que se convierte en dinamismo, en movimiento, en protesta, en hacerse sentir; y el otro día lo que yo vi no fue rabia, y esto no es un debe para ellos, sino tristeza”, dijo el técnico de Iruña justo antes de la visita vallecana a la capital navarra.

Creo que Íñigo da en el clavo con ese tramo de la rueda de prensa. El aficionado del Rayo, por norma general, ha pasado de la rabia al cansancio, el hastío y la tristeza. Nos hemos aburrido y, en muchos casos, nos hemos resignado a que lo que tenemos es lo que hay. Y a que, por mucho que nos dé rabia y nos reconcoma los intestinos, no se puede mejorar si no es por deseo expreso de aquel que posee la titularidad del club y no desea que nada mejore.

El aficionado del Rayo se ha acostumbrado a hablar de un césped impracticable, se ha hecho a hacer sus necesidades en condiciones infrahumanas y con altas dosis de insalubridad, ha interiorizado como normal asumir una subida de abonos indecorosa y hacer una cola infernal en pleno verano para renovarlos y sentarse en unos asientos indecentes y que no se limpian desde hace temporadas. Y también ve como algo normal que, a falta de dos semanas para debutar en casa en Conference, ni siquiera sepamos cómo vamos a poder ver al equipo ni cuánto nos va a costar, si es que finalmente decidimos acompañarlo. El hastiado hincha vallecano ha normalizado, incluso, con amargura, que se le haya robado su seña de identidad: esa franja roja que cruza el alma y que, desde hace temporadas, se ha secuestrado por una persona que desprecia por sistema todo aquello que ama el rayismo. De esta forma, el hincha rayista ha aprendido a convivir con una propiedad que lo ningunea, lo insulta y lo menosprecia constantemente. Ha dicho adiós con pena y ha asimilado con dolor el maltrato al que, si se hubiese cuidado, hubiese podido ser el mejor equipo femenino de la historia de España y a toda una cantera de la que, siempre, terminan saliendo figuras para el primer equipo. Y eso termina minando la moral de cualquiera de la misma manera que llevó a Óscar Trejo a abandonar el brazalete de capitán del club de su vida.

Nosotros somos el Rayo, sí, pero de poco vale si desde arriba, constantemente, nos tiran piedras. Y cuando uno lleva luchando tantos años sin resultados y, sobre todo, sin ver que la otra parte abraza la mano que se tiende para conversar y arreglar la situación, los puños se cansan y la cabeza se centra en otra cosa. Al final, el fútbol, como dijo Arrigo Sacchi, es la cosa más importante de las menos importantes.

Continuaba Íñigo Pérez expresando su sentimiento y emoción personal al respecto del sentir de la afición franjirroja: “Me genera estrés, ansiedad y reflexión. Ver tristeza en el aficionado del Rayo cuando es alguien que se caracteriza por ser valiente y por pelear es algo por lo que tenemos que reflexionar. Yo siempre pienso: ¿cómo puedo ayudar?, ¿cómo puedo hacer que ellos estén con nosotros?”. Aseguraba el entrenador que sentía que lo deportivo y el éxito sobre el campo ya no servía para que el aficionado se sintiese cómodo y feliz. Y, efectivamente, así es. No sirve. Pero no sirve no porque no queramos disfrutar de ello. Nos encanta ver al Rayo ganar, adoramos ver como el juego del Rayo mejora cada semana y le plantamos cara a cualquier. Queremos disfrutar de ello, pero no nos dejan. Nos lo impiden constantemente y nos fuerzan a estar en ese estado de grisura constante e incluso a pensar que la única solución sería, precisamente, perder. Perder mucho para que, en la caída, alguien abra su paracaídas y se separe de nosotros para siempre. Perder para volver a empezar e intentar ganar poco a poco y recuperar lo conseguido hasta ahora.

En ese estado de ánimo, y con las palabras de Íñigo Pérez resonando continuamente en la cabeza, el Rayo llega a la cuarta jornada para visitar El Sadar tras rascarle un punto al Barcelona antes del parón. El conjunto rayista contará con todos sus jugadores, a excepción de los aún lesionados Mendy y Mumin, mientras que Osasuna no dispondrá de su centrocampista Moi Gómez y alargará la duda sobre Rozier, con molestias en el tobillo, hasta las horas previas al duelo. El Rayo Vallecano buscará una victoria en Pamplona veintidós años después; no gana la franja en El Sadar desde 2003 y en la última victoria rayista en territorio rojillo el solitario gol que trajo a Vallecas los tres puntos (0-1) lo anotó Julio Álvarez gracias a uno de sus geniales libres directos. Veintidós años después, el Rayo es un río revuelto y Osasuna tratará de alcanzar la ganancia de los pescadores.

No hay nada que puedas hacer como entrenador, Íñigo, para garantizar la felicidad del aficionado rayista. Nuestro bienestar, ahora mismo, no depende de lo que haga el equipo ni de las decisiones que tomes sobre el campo. Lo apoyaremos y disfrutaremos si se consiguen victorias, pero la victoria más grande solo y únicamente llegaría desde el palco. Y tenemos claro que no se va a dar, lo asumimos y seguiremos gestionando nuestro rayismo desde ese supuesto. Mientras tanto, querido, seguid honrando como hasta ahora la franja y tratar de aportarnos esa pizca de alegría y esa sonrisa que siempre nos ponéis cuando jugáis un buen partido, cuando ganáis o cuando os dejáis todo sobre el verde. Seguid haciendo honores, tú y los tuyos, los nuestros, a ese poema de Mario Benedetti que aboga por “defender la alegría como una trinchera”.