El Rayo consigue una victoria cómoda ante el Drita (3-0) y sella su clasificación directa a octavos de final de Conference League en un duelo sin demasiada poesía, pero con bellos recursos poéticos. Los de Íñigo Pérez descansarán en Europa hasta marzo.
Los trámites son para cumplirlos. Pero a veces la burocracia nos enreda en su abrazo y nos aletarga en sus tentáculos inabarcables. El Rayo no quería sorpresas y salió a su duelo contra el Drita con decisión, intensidad y arrojo. Como el recién jubilado que se dispone a solicitar su merecida pensión tras años de trabajo. Los de Íñigo Pérez empezaron el encuentro con el bloque alto y una presión intensa en zona de salida de balón que forzaba los errores del conjunto kosovar y la recuperación rápida de los vallecanos. El dominio local era absoluto en los primeros quince minutos. Sin embargo, las ocasiones claras no llegaban: un disparo lejano de Unai López tras un carrusel de rechaces y un disparo de Gumbau desviado desde fuera del área.
Poco a poco, el conjunto azulón fue recuperando el resuello y, aunque nunca tuvo el dominio, se fue parapetando más y más en su planteamiento defensivo para dinamitar los espacios del Rayo en ataque. Solo un disparo lejano muy alto dejó en nómina el equipo kosovar en la primera mitad. Pero la línea defensiva era pétrea y muy organizada. Y ante esa organización, la batalla pedía un francotirador que debilitase las líneas enemigas. En ese preciso instante montó el rifle uno de los mejores lanzadores que han pisado Vallecas: Florian Légende puso la escuadra en la mira y mando un certero obús ante el que nada pudo hacer el guardameta Laurit Behluli. La muralla defensiva del entrenador macedonio Zekirija Ramadan empezaba a mostrar agujeros y restos de bala.
Antes del descanso quiso Gumbau perforar la meta visitante con otro disparo lejano tras una fantástica descarga de tacón de un Sergio Camello que, como en Bialystok, volvió a ser uno de los jugadores destacados del Rayo Vallecano en noche europea. El descanso dejaba un marcador de 1-0 que aventuraba una noche tranquila para los de Íñigo Pérez. Tras el parón, el Drita pareció salir algo más desperezado. Ante la diana rayista, la escuadra kosovar necesitaba abrir más espacios y buscar algo más la portería de Batalla. Y lo hizo nada más reanudarse el partido. Una jugada por banda derecha llevó el balón al área franjirroja, en la que San Augusto volvió a sacar un pie de la estampita para salvar al conjunto rayista del empate. No tuvo mucho trabajo, pero cuando tuvo que estar, estuvo. No fue la única ocasión del Drita en los primeros minutos tras el respiro: a punto estuvieron los jugadores azulones de remachar un balón suelto en el área en el que más de uno ya pensaba que acabaría dentro o casi.
Íñigo Pérez quiso reaccionar y hacer reaccionar a los suyos insuflando piernas y pulmones, ya que el Rayo parecía algo relajado y no quería ver como ese impasse le costaba un empate que conllevaría una reducción de espacios considerable hasta el pitido final y quién sabe qué a nivel clasificatorio. Por eso, el arquitecto de este Rayo situó a Álvaro García, Isi Palazón y Óscar Valentín sobre el verde en un triple cambio en el que retiró a un fatigado, pero notable, Pedro Díaz, un Fran Pérez muy gris y al vasquito Unai López, que había tratado de recuperar su nivel para cuajar un meritorio partido. La creatividad, la vertiginosidad y el pulmón se congregaban sobre el césped en los segundos previos al segundo tanto franjirrojo.
Llegó de la manera más curiosa, con una jugada que, como los cometas, se ve de lustro en lustro. Un desentendimiento entre el extremo Seji y el arquero Behluli terminó con la mítica cesión, ese animal fantástico futbolero que tantos momentos inolvidables nos ha regalado desde que el fútbol es football. Lejeune, Isi, Álvaro, Ratiu… varios jugadores del Rayo se arremolinaron en torno al esférico, pero al final golpeó el balón Gerard Gumbau. Impío, por el flanco del portero, potente y colocado, para anotar el 2-0 y resolver las pocas dudas que generaba esta noche europea.
El partido estaba en vías de extinción tras la diana de Gumbau. No obstante, el Drita se desmelenaba en alguna acción aislada, como un centro lateral que llegó a rozar, acrobacia mediante, Blerim Krasniqi para desviar el balón y que terminase, pese a todo, manso en los guantes de Batalla. Los minutos se sucedían ya como los días de invierno pasan uno tras otro esperando algún acontecimiento destacable. Pudo serlo una falta botada por Lejeune que consiguió despejar, tras un endiablado bote, el arquero visitante; pero el que sí se vistió de regateador diablesco fue el ‘Pacha’ Espino con una jugada preciosa que terminó en el tercer tanto franjirrojo. El uruguayo, que está descubriendo su faceta goleadora en los últimos encuentros como quien, de pronto, descubre la poesía, sorteó a varios rivales y batió a Behluli con un derechazo suave, colocado y cortés que besó las mallas con la misma delicadeza con la que el Pacha lanzó un beso al cielo por su padre. Es imposible no alegrarse de todo lo bueno que le ocurra a un tipo como él. Un luchador con alma de poeta. Con el gol del lateral izquierdo y los ojos puestos ya en la clasificación, la calculadora, las webs de las aerolíneas y los posibles cruces en octavos de final, el colegiado dio por finalizadas las hostilidades, si es que alguna vez las hubo, y mandó a los dos equipos de vuelta a los vestuarios. El Rayo, clasificado finalmente como quinto, no volverá a escuchar el maravilloso himno de la Conference hasta marzo mientras que el Drita tendrá que enfrentarse en los dieciseisavos de final al AZ Alkmaar o al Celje. Suenan campanillas en Vallecas, un barrio se ilusiona con ir pasando eliminatorias y quién sabe si alcanzar el suelo de Leipzig. Soñar es gratis y ¿qué es la vida si no un sueño interminable?

















