El Rayo domina el balón de forma insulsa, pero vuelve a acusar la falta de puntería para perder ante un Sevilla (0-1) que anotó en su único disparo. Cinco puntos en siete partidos colocan al Rayo empatado a puntos con los equipos que ocupan puestos de descenso.
Empieza a resultar desesperante ver, esta temporada, un partido del Rayo. Porque domina, controla el balón, amasa la posesión… pero pierde. No materializa. Su gobierno del partido es insulso, inocuo, completamente insustancial. Y los desenlaces de sus partidos evidencian las costuras de una plantilla descompensada y sin ningún tipo de planificación; un mercado de verano de remiendos y, como es costumbre, descartes. Y así luce un equipo que juega solo con un central, con un lateral derecho que bien podría vestir la camiseta rival y con varios jugadores que, bien por agotamiento, bien por desidia o bien por otro motivo, son sombras de lo que eran hace solo unos meses.
El conjunto de Íñigo Pérez salió a Vallecas con Pathé Ciss ocupando el puesto de central para suplir la baja del eterno lesionado Luiz Felipe. Ni rastro de Jozhua o Balliu, más acostumbrados a las posiciones defensivas que el mediocentro senegalés. Sin embargo, el partido comenzó con un dominio total del balón de los locales y varias aproximaciones que no cristalizaron en ocasiones verdaderamente claras: centros laterales pasados, pases de la muerte interceptados por la defensa hispalense y disparos rechazados por la zaga sevillista. Por su parte, el conjunto de Almeyda buscaba las transiciones rápidas tras robar el balón, pero sin materializar ninguna ocasión clara en la portería de Batalla. Lo más claro que dispuso el equipo visitante fue un libre directo lejano que salió rebotado por la barrera.
Durante la primera parte, los franjirrojos fueron sintiéndose más cómodos con el balón y se aprovecharon de la envergadura y el juego corporal de Alemão, que descargó infinidad de balones, ayudó a fijar a los centrales y, además, aportó varias acciones de calidad en el apartado defensivo. Al borde del descanso, a la salida de un córner, llegó la única ocasión clara de gol de todo el primer acto: Óscar Valentín recogió un rechace y embocó a portería apenas a un metro de la línea, pero su lanzamiento se estrelló contra Marcao.
La segunda parte comenzó con otro aire y parecía que el Rayo iba camino de hacer subir el primer gol al electrónico. Pero no fue así. Lo intentó Alemão con una soberbia chilena que desbarató Odysseas Vlachodimos. La tuvo, clarísima y grosera, un Pathé Ciss que estrelló el balón contra el arquero heleno a solo tres metros y con toda la portería disponible. En la jugada inmediatamente previa al remate de Ciss fue el rumano Ratiu el que, abandonando por una vez la floritura y la filigrana inservible, disparó con fuerza desde tres cuartos de campo para obligar al despeje del meta sevillista. En una sucesión de ocasiones se sumó Pep Chavarría -uno de los mejores jugadores franjirrojos sobre el césped- para tratar de desequilibrar el marcador, pero su disparo mordido fue repelido por los centrales hispalenses.
Pasado el arreón del Rayo en los primeros minutos, el Sevilla consiguió dormir el partido. Los de Íñigo Pérez dominaban el balón, pero los de Almeyda hacían lo propio con el partido y su ritmo. Tenía el balón el Rayo, sí, pero se jugaba a lo que quería el Sevilla, que anestesiaba el partido esperando su ocasión. Y así fue. Tras una nueva ocasión clarísima de Isi, que volvió a estar extrañamente gris, una jugada aislada del conjunto sevillano lo rompería todo. Todo comenzó con una buena apertura de Alexis Sánchez hacia Cardona, siguió con una lamentable lectura del fuera de juego de un Pathe Ciss fuera de posición y continuó con un pase fantástico de Carmona al centro del área. Allí emergió, solo, sin oposición, Akor Adams para fusilar a Batalla con ayuda del travesaño y definir el partido rescatando los tres puntos para los suyos. A partir del gol, la nada más absoluta, aunque poca diferencia con lo anterior. El Rayo continuó con el balón, pero sin ningún peligro sobre la meta de Vlachodimos que volvió a salvar a su equipo, más por demérito de Camello que por acierto suyo. Son incomprensibles los goles que falla el Rayo, como es incomprensible la confección de plantilla y los fichajes que se han realizado en este verano, dos centrales eternamente lesionados, un lateral que llega con idea de ser reconvertido a central para suplir las bajas de los defensas, un extremo que no está en condiciones de competir el puesto con ninguno de los titulares, a pesar del bajo momento de forma, un mediocentro que apenas contó con minutos el año anterior en su cesión y un delantero que llegó sobre la bocina, cuando ya se habían escapado todas las opciones y que, pese a todo, está siendo lo único potable de los aterrizados en Vallecas. De la autoexpulsión de Camello casi es mejor ni hablar.
Se habla de temporada histórica en Vallecas. Y lo será. Pero ¿tiene el Rayo una plantilla capaz de mantener el ritmo de tres competiciones cuando, si nos fijamos, cuenta con aproximadamente catorce jugadores útiles para Íñigo? Da vértigo reflexionarlo y pensar que, con este fondo de armario y el calendario exigente, podamos tener pila para no pelear en zona baja, pero todo es fútbol-ficción y lo acabaremos viendo con el paso de las jornadas. La única realidad es que, tras siete jornadas, el Rayo cuenta cinco puntos, empatado con los puestos de descenso, gracias a una victoria ante un Girona que se disparó en el pie repetidas veces para después pisar la cáscara de un plátano, cuatro derrotas y dos meritorios empates ante un Celta en horas bajas y el FC Barcelona, en el que hasta ahora es, sin duda, el mejor partido de los franjirrojos. Se cierra una semana horrible para los rayistas en vísperas de debutar este jueves en la Conference League. Una semana en la que, como siempre, al final, Vlachodimos.
















